domingo, 12 de febrero de 2017

Yo viajé aferrado a los pies de un gigante.


Uno de los sonidos más entrañables de mi niñez, además de los programas de radio que mi mamá solía poner en la consola Telefunken que adornaba la sala, con todo y comerciales, además del sonido del piano de juguete donde mi hermana Chelo tocaba una y otra vez la melodía de “Palitos Chinos”, es sin duda el ruido que producía un mosaico suelto que estaba al lado de la cama de mis padres, más exactamente, del lado que ocupaba mi papá. Cuando se acostaba, al quitarse los zapatos, siempre hacía sonar ese mosaico. Aquel ruido seco, sin mayor interés acústico, era el sonido mismo de la tranquilidad. Cuando mi papá llegaba tarde de sus frecuentes viajes –dos semanas  en Poza Rica, seguido de dos semanas de viajes cortos en los poblados aledaños a Pachuca, patrón que se repitió por años-, cuando ya estaba dormido, entre sueños escuchaba el motor del coche, la puerta que se abría, los pasos fuertes de mi papá y la voz de mi mamá. Luego, como culminación de esa vieja canción, el mosaico daba su remate cuando se movía por el peso de un gran zapato que caía. Entonces sabía que mi papá estaba ya en casa y que todo estaba bien. Podía continuar con mis sueños, tranquilo, en paz…

Muchas veces, como teníamos establecido un riguroso orden en el que mis hermanas y yo nos turnábamos para dormir con mi mamá durante la ausencia de esos viajes, mi papá llegaba en viernes por la noche cuando a mi me había tocado el honor de ocupar su lugar para dormir. Entonces, a pesar del ruido que hacía el coche entrando en la cochera, a pesar  de los aullidos de bienvenida de Laika y a pesar de los pasos en la escalera de entrada, me fingía dormido, porque ya sabía lo que vendría luego: mi papá me destaparía, me levantaría con suavidad increíble en sus brazos y me llevaría cargando hasta mi cama. Yo sentía su fuerza matizada por la ternura y su olor a lavanda. Invariablemente las sábanas estaban frías. Pero ese corto viaje entre su recamara y la mía bastaba para contrarrestar esa frialdad un tanto desagradable. Luego, volvía a escuchar aquel mosaico tan querido…


Cuando llegaba después de alguno de esos cotidianos viajes, todo era alegría. Algunas veces, esperábamos en la ventana, contando los coches que aparecían doblando la esquina, esperando ver su gran auto, casi siempre un Ford Galaxy que cada dos años cambiaba: primero uno rojo con negro, luego uno verde y luego una serie de carros blancos… Mi papá llegaba, y no importaba lo que hubiera pasado en la semana, todo era alegría: la nuestra, la de mi mamá y, desde luego, la muy exaltada de Laika, nuestra amada perrita. Incluso, si se había presentado algún problema, no importaba lo que fuera, ni su tamaño, quedaba automáticamente resuelto en cuanto subía la escalera, cargado con su maleta azul que olía a loción y brillantina. Nos saludaba, conversaba un poco mientras revisaba su copiosa correspondencia: la compañía donde trabajaba le mandaba cartas y cartas que se acumulaban en grandes montones. El rasgaba los sobres mientras se enteraba de los pormenores de la semana y sonreía, sonreía todo el tiempo…



Al día siguiente, cuando despertaba muy temprano y oía las voces de mis padres en su recamara, me levantaba, iba con ellos y me acostaba en medio de los dos. La conversación seguía y uno a uno se iban sumando Tere, Chelo, Chavo y, por supuesto, Laika. Ahí, acostados, yo tomaba las grandes manos de mi papá y las examinaba minuciosamente, contemplaba sus dedos, los comparaba con los míos, revisaba los lunares rojos de su pecho, todo eso mientras la conversación nos llevaba a las anécdotas familiares, a las historias divertidas repetidas una y otra vez: el cuento de la rata que comía vitaminas y que hizo que volaran el drenaje, la historia de cuando mi mamá conoció a mi papá y lo que dijeron mis tías, la anécdota del coche que yo no conocí pero que por su vaivén apodaban “el barco”…

Luego, todos nos levantábamos y yo lo acompañaba a comprar el desayuno: una olla de un guiso de panza que siempre me pareció nauseabundo, acompañado por el periódico deportivo Esto y su característico olor, el Sol de Hidalgo, algún otro periódico nacional y una pila de historietas que llenaban nuestro espacio de lectura dominical. Desayunábamos, leíamos los “cuentos” como les llamábamos, mientras mi papá miraba algún partido de futbol en la recién adquirida televisión a color, donde a menudo las personas se veían verdes como cadáveres de varias semanas  o rosadas como víctimas de una severa rubeola. Mi papá pasaba entonces un buen rato dando la vuelta a un botón que decía “sintonía fina”, para que los colores fueran un poco –sólo un poco- más realistas.

Cerca de la una, mi mamá nos llamaba para llevarnos a misa, a pesar de que habíamos elevado nuestras plegarias al cielo rogando que se le olvidara hacerlo. Mi papá se quedaba en casa mientras nos marchábamos, secretamente malhumorados, a cumplir nuestro deber religioso en una iglesia a medio construir, llamada popularmente  “La Villita”. Pasaban los años y la iglesia seguía llena de vigas de madera y materiales de construcción. Siempre pensé que cuando esa iglesia se terminara de construir, vendría el fin del mundo. Hace pocos años la terminaron y no, no llegó el fin del mundo. Al menos no todavía…

Luego de la misa comíamos un pollo rostizado comprado en Las Anitas, la única rosticería en Pachuca en ese entonces, acompañado de papas fritas y refresco servido en grandes vasos de plástico, sentados en un comedor rojo que estaba en la cocina. Cuando terminábamos, mi papá anunciaba: “Vamos a dar la vuelta”. Todos subíamos al coche, Laika incluida por supuesto, pasábamos a la dulcería Dym que estaba en la Plaza Juárez a comprar golosinas: lenguas de gato, lagrimitas, malvaviscos; y luego hacíamos un viaje por los alrededores de Pachuca, hacía Las Bombas, hacia la mina de La Paz o hacía la carretera a Real del Monte. Pachuca era mucho más pequeño y donde ahora hay fraccionamientos, en ese entonces no había más que matorrales. Aquel era un mundo casi perfecto, con algunos problemas y sinsabores, pero que se resolvían mágicamente en cuanto mi papá regresaba de un viaje…




Un día, cuando tendría 8 o 9 años un incidente me hizo ver que aquel mundo casi perfecto podía terminar: una excursión dominical al Cerro de la Estrella, en el Distrito Federal, con mi tío Toño, mis primas Rosita y Almita y mi hermana Tere, terminó con un violento asalto donde mi tío fue baleado. Recuerdo, casi como una película, a un individuo sujetándolo por el cuello desde atrás mientras mi tío forzajeaba tratando de sacar una pistola que llevaba en la cintura. El otro sujeto al ver esto, levantó su arma y disparó sin apuntar. El retumbar del trueno me ensordeció. Luego vi, casi sin emociones, en estado de shock, como lo despojaban del arma, de un cuchillo de monte y de su cartera con muy poco dinero. Voltearon un morral con manzanas en busca de algo de más valor y vi como rodaban cuesta abajo… La herida de mi tío no fue grave y el incidente no pasó de un gran susto y una anécdota que conté una y otra vez a la menor provocación.

Pero a partir de entonces comencé a sufrir angustia por mi papá ¿Qué tal que le pasaba algo? Comencé a leer la nota roja de los periódicos. Veía que todos los días ocurrían asaltos, choques, accidentes. ¿Y si, en uno de esos viajes, le pasaba algo, si lo asaltaban y le disparaban? Un accidente de carro estaba descartado, pues no existía en el mundo mejor conductor que él. ¿Como iba a chocar si él había piloteado aviones, si había combatido en la 2ª Guerra y había sufrido una herida a manos de un piloto japonés que le dejó una cicatriz en la mano que solía presumir? No, él nunca chocaría. Pero ¿un asalto? La sirena de una ambulancia me sobresaltaba cuando él estaba ausente.

Mi papá se dio cuenta de mis temores, así que un día, sábado o domingo, me llevó a mí solo –Chavo ya era o estaba a punto de ser estudiante universitario, mis hermanas recién habían iniciado su adolescencia- a comprar un avión o un helicóptero de juguete y me llevó al campo a que lo voláramos. Yo miraba atemorizado a los alrededores, temiendo que apareciera alguien.
-Mejor vámonos, le dije.
-No, me contesto rotundo- Este no es el Cerro de la Estrella. Eso que pasó fue un accidente y no volverá a ocurrir. No debes tener miedo…
¿Cómo no iba a creerle, si él, que había piloteado aviones, que podía manejar con seguridad por la carretera más difícil, que podía arreglar mis juguetes descompuestos, que podía leerme sus instrucciones en inglés, que podía arreglar cualquier problema simplemente llegando, me lo decía con esa seguridad y firmeza?



Durante las vacaciones escolares solía llevarme con él a trabajar. A veces eran viajes cortos a poblaciones cercanas a Pachuca. Pero otras veces me llevaba a Poza Rica. Yo iba armado con una colección de libros, generalmente sobre la naturaleza, para combatir el aburrimiento cuando lo esperaba en el coche mientas él visitaba a algún médico. Deben haber funcionado muy bien, pues no recuerdo haberme aburrido un solo instante en aquellos viajes. Eran trayectos largos, de varias horas, pero yo disfrutaba el paisaje y le hacía preguntas sobre los lugares que veíamos, que siempre fueron lugares maravillosos. En alguna ocasión me dejó en la playa de Tecolutla o de Tuxpan, al cuidado, sin que yo lo supiera, de amigos suyos que tenían negocios por ahí. Pasaba horas jugando en la arena, buscando cangrejos o caracoles. Y nunca sentí temor. ¿Por qué habría de hacerlo, si el me dijo que regresaría en dos o tres horas?  Poza Rica, ese lugar a donde él viajó durante años con regularidad, era un sitio increíble, un lugar donde el fuego de los quemadores de los pozos petroleros iluminaba una noche ruidosa de insectos. Fue ahí donde vi por primera vez un invento tan asombroso como un elevador, con su puerta corrediza que se movía sola; había un restaurante que servía unos hot cakes con miel de maple exquisitos. Al salir de ese restaurante me sorprendía mucho la sensación de pasar de la frescura del aire acondicionado a un calor agobiante, húmedo y con olor a gas. Muchos años después regresé a Poza Rica y me pareció una ciudad bastante ordinaria, más bien feona, que apestaba a petróleo en medio de un calor insoportable. Me di cuenta que lo maravilloso no eran los lugares a donde íbamos. Lo maravilloso era la compañía de mi papá.

Pero también sabía ser firme: cuando se enojaba con alguno de nosotros por alguna respuesta impertinente, por alguna grosería a la hora de la comida, golpeaba la mesa roja con los dedos juntos y levantaba la voz. Los platos saltaban y todos callábamos.  Y no es que hubiera miedo al castigo –muy pocas veces lo hizo y nunca, nunca me golpeó ni vi que golpeara a ninguno de mis hermanos-. Simplemente su firmeza se imponía. Pero también sabía premiar: ocurre que cuando yo tenía unos 10 u 11 años era un niño, digamos llenito. Robusto. Regordete. Vamos: era un niño obeso. Un médico del Seguro Social, el Dr. Aparicio, al que sus alumnos de la Escuela de Medicina apodaban maliciosamente “El Burbuja”, tal vez temiendo que siguiera su mismo camino, ordenó que me pusieran a dieta. Se acabaron las meriendas de tres conchas con un vaso de chocolate; se acabaron las dos tortas que me zampaba en el recreo; se acabaron las escapadas a la tienda de Don Carlitos para comprar Sabritas y los dulces “sur-ti-dos” que me encargaba Tere. Adiós a mis bolillos retacados de mayonesa de las tardes. Dócilmente acepté la dieta y juro que nunca la rompí, con una fuerza de voluntad que ya quisiera tener ahora. En unas semanas bajé no sé cuántos kilos y comenzó a vislumbrarse el porte atlético que me ha hecho brillar en la adultez. Un día, regresando de Poza Rica, me miró con atención. Pidió que trajera la báscula del baño y ahí frente a mi mamá, solemnemente, me pesó. Sonrío satisfecho. Me dio las llaves del auto:
-Ve al coche y abre la cajuela. Ahí hay algo para ti.
Emocionado bajé las escaleras, di tres saltos mortales y caí graciosamente en split         –digo, había que aprovechar mi nuevo cuerpo- Y ahí, en la cajuela, entre cajas llenas de muestras médicas, estaba el más hermoso juego de Mecano que había visto, todito para mí. Ah, cómo lo disfruté…




Pasaron los años. Me apoyó con entusiasmo en los proyectos que comencé a abordar: cuando estaba en quinto año, me compró un acuario en el DF y lo instaló en Pachuca, con todo y peces mientras yo me iba de paseo con Maru y Vico, mis adoradas primas; me apoyó cuando, ya adolescente, quise ser mago  y me compró un frac para que luciera realmente como todo un profesional. Aplaudió con entusiasmo cuando me uní a un grupo de teatro amateur y cuando anuncié que quería ser actor. Cuando terminé la prepa y dije que quería ser músico… pues no le gustó tanto la idea. Sus únicas referencias eran los músicos de cantina y el profesor de la secundaria donde estudiamos todos, cuya única gloria había sido dirigir la estudiantina que triunfó varias semanas seguidas en un programa de concursos de la televisión. Pero a pesar de sus dudas y preocupado por mi futuro, me compró el clarinete que necesitaba para iniciar esa carrera…


 Un día se acabaron sus aventuras por las carreteras. Fue ascendido en la empresa farmacéutica donde trabajaba y como consecuencia, su labor ahora sería de supervisión en una oficina en la ciudad de México. Aquellas salidas lo vitalizaban: el trabajo de oficina lo asfixiaba. No sé si sería el fin de esos viajes o de que yo alcancé la mayoría de edad, pero aquella magia que tenía para resolver problemas fue declinando. Ahora, los problemas permanecían ahí y un  viejo fantasma que lo acosaba comenzó a hacerse más y más agresivo. Todo pareció ocurrir por la misma época: la casa de mi niñez, la de Emilio Asiaín 103, rentada por años, fue cambiada por una casa que mi mamá obtuvo mediante un crédito de Fovissste, mucho más pequeña; Tere tenía tiempo que se había casado, Chavo se fue a Francia, Chelo ya se había ido a estudiar a la UNAM y pronto llegó mi turno para irme. Mi mamá se quedó viviendo sola, únicamente acompañada por Laika, que vivía ya su senectud. Con la arrogancia del que apenas ha llegado a la edad adulta, comencé a ver sus flaquezas, sus defectos; comencé a juzgarlo, a criticarlo. Aquella seguridad y aquel aplomo desaparecieron. Fue despedido después de muchos años; la crisis económica y su impericia en los negocios independientes acabaron con sus ahorros. Ahora era vulnerable y quedó a merced del desempleo. El fantasma de su adicción fue creciendo hasta apoderarse casi completamente de su conciencia.

Tuvo que trabajar en empleos que le eran totalmente ajenos; en uno de ellos, en una empresa llantera, debía manejar diariamente dos horas para llegar y dos para regresar por una carretera angosta y transitada. Fue dependiente de una farmacia, trabajó en una tienda del ISSSTE, tuvo un videoclub que tuvo que cerrar a causa del acoso de Hacienda, vendió artículos para bebés, material de farmacia y así por el estilo.




Mientras tanto, comenzó una lucha formidable: decidió enfrentar de una vez por todas a aquel fantasma que venía atormentándolo. Buscó ayuda en donde podía encontrarla, pero le sirvió sólo por un tiempo. Él único que podía ayudarlo era él mismo. Muchas veces yo no entendí la naturaleza de esa lucha y no lo entendí a él. Y me enojaba y lo trataba con dureza. Pero el verlo postrado, temblando con fiebre `por el síndrome de abstinencia, me hicieron ver que para luchar contra el enemigo que ahora enfrentaba, iba a necesitar toda su antigua magia, su anterior aplomo, aquella seguridad que lo hacía verse todavía más alto de lo que era. Y lo hizo. Combatió con fuerza. Hubieron batallas ganadas y hubieron batallas perdidas, pero siguió combatiendo, levantándose una y otra vez. Comencé a ver de nuevo su gran estatura…


 La enfermedad y muerte de mi mamá fueron un golpe tremendo. Debilitado por la profunda pérdida, el fantasma lo atacó con especial virulencia. Pero siguió combatiendo con perseverancia y logró sobreponerse. Y entonces, la magia comenzó a regresar, transformada, madura. Ya no podía arreglar de golpe todos los problemas, pero tenía la sabiduría y la serenidad para enfrentarlos.

Me sorprendió cuando me preguntó por el internet y, al poco tiempo ya tenía una computadora y estaba aprendiendo a utilizarla. Pronto aprendió a navegar y se puso en contacto por email con antiguos amigos. Recordando su viejo sueño de ser aviador , con un simulador de vuelo aprendió a pilotear desde pequeños aviones hasta grandes jets comerciales. Si alguien piensa que se trata de un simple videojuego, que trate de un día de jugarlo. Le pasará lo que a mí, que no soy capaz de mantener el control sobre el avioncito de la pantalla. Pero él despega, vuela y aterriza sin problema. Ahora pasa horas escuchando música del You Tube, jugando solitario apoyado de una lupa a causa de su visión disminuida y hasta tiene cuenta de Facebook. Lo he visto recuperar esa cualidad que es la que siempre le he admirado: su gozo por la vida, su capacidad de asombro, sus interminables silbidos, su permanente sonrisa.

           
La batalla se ha vuelto cada vez más rara, y aquel fantasma, aquel demonio acosador, con los años, ya es como un viejo conocido que se presenta cada vez menos. Casi diría que es su amigo: cuando ataca, simplemente lo deja pasar, lo invita a sentarse, deja que haga lo suyo y luego, uno o dos días después, vuelve a levantarse, como un Quijote que no se arredra contra sus molinos de viento. Lo tira del caballo, lo golpea, lo zarandea, lo deja postrado, y él… vuelve a levantarse, monta su Rocinante y recupera su tranquilidad, su ingenio y su jovialidad.

            En algún cuento que no recuerdo haber leído, el protagonista esperaba agazapado detrás de un matorral el paso de un gigante. Entonces, cuando eso ocurría, rápidamente se aferraba a los descomunales zapatos y viajaba así grandes distancias. Yo también he viajado aferrado a los pies de un gigante. Ese viaje comenzó en mi niñez y ha continuado hasta ahora, aunque a veces –incluso durante años-, lo haya olvidado. Pero recuerdo muy bien cuando comenzó: éramos muy pequeños y mi papá regresó de alguno de sus viajes. Al oír sus pasos fuertes en la escalera, todos salíamos a recibirlo. Mi mamá lo saludaba con un beso, Chavo y Chelo reían. Mi hermana Tere y yo corríamos y lo recibíamos abrazando sus pies, montándonos en sus zapatos grandes como barcos. Y él, desde su inmensa altura nos miraba y reía detrás de su bigote de Errol Flynn, con esos expresivos ojos verdes, con su gran copete de estrella de cine, y caminaba y nos llevaba a grandes zancadas, mientras nosotros reíamos y gozábamos como locos. Deben haber sido sólo tres o cuatro pasos, pero para mi era el más maravilloso de los viajes. Todo era perfecto: mi papá había llegado.


           
Han pasado muchos años desde aquellos recibimientos, desde aquellos viajes increíbles. La vida me devolvió la oportunidad de vivir con él. Ahora Tere y yo estamos al pendiente de su sueño por las noches. Ahora me toca cuidar sus pasos vacilantes,  pero que no han dejado de ser rápidos, cuando camino junto a él por la calle. Pero ahora me doy cuenta que nunca me he bajado de sus grandes pies,  que he seguido abrazado a su pantalón y que así, montado en sus zapatos, he llegado hasta aquí, ante ustedes, para decirles, sin ninguna duda, que he llegado a ser lo que soy precisamente por eso: porque yo viajé aferrado a los pies de un gigante…
           

Papá: gracias por llevarme. Sigue llevándome a sitios fantásticos, sigue enseñándome a ser lo que soy. Yo te prometo que nunca, nunca, voy a soltarme. Te quiero.



lunes, 21 de noviembre de 2016

Santa Cecilia, patrona de los músicos... por error


¿Por qué Santa Cecilia es considerada la patrona de los músicos?
Cada 22 de noviembre, los músicos nos felicitamos unos a otros, nos felicitan los demás y tenemos pretexto para hacer fiesta, pachanga, reunión y lo que resulte. Se dice que en este día se celebra el “Día del Músico”. A diferencia de otras celebraciones de las que apenas nos vamos enterando gracias al feis o a google, como el día del zurdo, el día del poeta, el día del disléxico o el día del proctólogo, el día del músico se celebra con mayor o menor boato desde hace ya mucho tiempo.
Pero ¿de dónde viene esta celebración en la que toda suerte de músicos, musiquetes, filarmónicos, mariachis, cumbieros, jazzistas, rockeros, norteños, metaleros, guapachosos, vanguardistas, rascatripas, soplatubos, dijeis y demás fauna entregada al arte de la musa Euterpe aprovechan para juntarse a humedecer las fauces con líquidos espirituosos o al menos para darse abrazos y palmadas en la espalda unos a otros?
Todo esto es a causa de una metida de pata.
Ocurre que en la antigua Roma, por allá del siglo II, durante los reinados de Marco Aurelio y Cómodo (si vieron “Gladiador”, Cómodo es el emperador malo que interpreta Joaquin Phoenix), existió una joven, Cecilia, hija de la familia de un senador, que desde su infancia, y a escondidas de sus padres, se había convertido al cristianismo. Ocurre que la familia, viendo que Cecilia ya estaba en edad de merecer, la casaron con un joven llamado Valeriano, al cual el cristianismo le importaba un rábano. Después de la boda, en la cual seguramente tocaron unos mariachis malhumorados porque todavía no tenían día para celebrar, la pareja se retiró a la cámara nupcial a disfrutar de su luna de miel. Cecilia, que era muy virtuosa, salió con el cuento de que había consagrado su virginidad al Señor y que un ángel estaba ahí mismo cuidando que el excitado novio no fuera a agarrarle aquellito. El pobre Valeriano, incrédulo, frustrado y como carpa de circo, le dijo que quería ver al ángel. Para eso, le explicó Cecilia, tenía que lanzarse en ese momento, tomar un pesero que lo dejara en la Vía Apia, y buscar la tercera piedra miliaria. Ahí lo iba a estar esperando Urbano -no, no otro camión, sino el mismísimo papa Urbano I-. En ese entonces los papas no andaban en papamóvil, sino que andaban a pie, como todos los demás cristianos, a salto de mata para que no los agarraran los granaderos ni los centuriones judiciales.
De regreso -le dijo Cecilia-, me traes una coca light.
Pensando en ver si así la Santa Sede… digo, si así la santa cede y “da su brazo a torcer”, Valeriano se puso los calzones y se fue como de rayo a cumplir con el mandado. Cuando estuvo ante Urbano, el papa le dijo que si quería ver al ángel que cuidaba a Cecilia, se tendría que bautizar y hacerse cristiano.
-Sí, órale va… pero rápido, porque me cierran el Oxxo…

Cuentan las Actas del Martirio de Santa Cecilia, el único documento histórico que habla de esta historia, que cuando Valeriano regresó, ya bien bautizado, se les apareció el ángel y los coronó como esposos con rosas y azucenas. Pero Valeriano era alérgico a las flores y se la pasó estornude y estornude. Tiburcio, su hermano, que había ido a recoger el smoking porque había que entregarlo ese mismo día para que no cobraran recargos, al ver a los esposos, también se convirtió en cristiano y cuentan que se quedo a vivir con ellos, haciendo mal tercio de manera tan eficiente que Cecilia conservó su virginidad.
El prefecto Turcio Almaquio, escandalizado por lo que le parecía era un menage a trois, mandó a Máximo a ponerle en la suya a esos tres degenerados poliamorosos. Pero en aquellos días, eso del cristianismo era como la gripe, y apenas recibió un estornudo del alérgico Valeriano, también se convirtió, por lo que el prefecto tuvo que mandar refuerzos y les echó a los swats y al H. Cuerpo de Granaderos. Primero se escabecharon a Valeriano, a Tiburcio y a Máximo. Luego, agarraron a Cecilia, la encerraron en el baño y trataron de asfixiarla con vapor caliente. Como no pudieron, la metieron en la tina con agua hirviendo y tampoco. Entonces la trataron de decapitar, pero por lo visto sus espadas eran “made in China”, porque nomás no pudieron hacerlo. Se dice que Cecilia, con tremendo tajo en el cuello y cocida como brócoli, todavía sobrevivió tres días, repartiendo limosnas, promoviendo el Teletón y encargando que su casa se convirtiera en iglesia, para evitar que investigaran a su papá el senador por tener una casa construida por el Grupo Higa, mismo que había remodelado el Coliseo y rebacheado la Vía Apia.

¿Y dónde queda la música en toda esta historia? En ningún lado: el asunto de la música lo metieron después por error. En las Actas del Martirio de Santa Cecilia dice que mientras escaldaban a la santa en el baño de su casa, ella cantaba alegremente al son del órgano (¿y qué carajos hacía un órgano -u otro instrumento musical- en el baño?): "cantántibus órganis". En realidad decía "candéntibus órganis", en referencia a un fuelle que se utilizaba para avivar el fuego de la caldera donde la estaban rostizando. Como los órganos musicales -inicialmente llamados "hidraulis"- tenían también un fuelle para alimentar de aire los tubos que producían el sonido, se les nombró del mismo modo: "órganis" u órgano. Así que en vez de pintarla cantando "In-A-Gada-Da-Vida" al son de un órgano Wurlitzer, que es como a menudo la representan, en realidad habría que representarla metida en una olla mientras la preparaban estofada a la cacerola.
No obstante el error, más de mil años después, en 1594 el papa Gregorio XIII decidió que Santa Cecilia “había demostrado una atracción irresistible hacia los acordes melodiosos de los instrumentos” y entonces la proclamó “patrona de la música”. Desde entonces el 22 de noviembre es el Día del Músico. Tal vez por eso los músicos somos tan despistados.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Los calcetines


Existen grandes misterios en la vida, misterios que son tema de películas, documentales y libros; misterios que dejan perpleja a buena parte de la humanidad por la profundidad de su significado. ¿Estamos o no solos en el Universo? ¿Somos los únicos seres pensantes en el vasto universo? ¿Cuál es la naturaleza de la materia, el tiempo y el espacio? ¿Cuándo comenzó a correr el tiempo? Éstas y muchas otras preguntas se plantean cuando nos enteramos de los avistamientos de OVNIS, de las abducciones por extraterrestres, de las desapariciones en el Triángulo de las Bermudas…

Pero no reparamos que en nuestra vida cotidiana y doméstica también ocurren misterios que no por afectar situaciones u objetos mundanos son menos atemorizantes. Un ejemplo de ello son… los calcetines. Sí, los calcetines, esas fundas de material textil con las que envolvemos la parte final de nuestras extremidades inferiores. Los humildes calcetines, obligados a ser pisados millones de veces, a soportar la obscuridad de los zapatos y el sudor más propenso a despedir desagradables aromas. Prendas humildes, las más cercanas al piso, que deben aguantar hongos, callos y uñas que crecen desordenadamente. Los humildes calcetines, obligados a mostrar solo una mínima parte de si mismos, sin elegancia, sin el glamour sexy de otras prendas interiores, en realidad guardan un terrible secreto.

Es un secreto del cual no puedo hablar por una sencilla aunque contundente razón: no lo conozco. Lo ignoro. No tengo idea de sus razones o sus causas o lo que sea. Sólo puedo hablar de los hechos que ocurren en torno a estas prendas de vestir tan despreciadas. Baste decir que los calcetines tienen características físicas que los hacen únicos en el universo, aunque la mayor parte de la humanidad lo ignore.


No importa si los calcetines son de algodón, lana o acrílico o si son tejidos a mano o en máquinas industriales. No importa de qué material estén hechos. Lo cierto es que los calcetines tienen el misterioso poder de desmaterializarse. O tal vez no se desmaterialicen sino que pueden viajar a través de las dimensiones o a través de universos paralelos. En un momento están aquí y segundos después ¡zap!, se desvanecen sin dejar rastro, tal vez para aparecer en otro extremo del Universo. ¿Existirá algún lugar, algún planeta de una lejana galaxia, a donde se vayan todos los calcetines que desaparecen? Una suerte de cementerio de elefantes, pero que en vez de huesos y marfil, estén llenos de calcetines nones? No lo sabemos. No lo podremos saber hasta que logremos develar el funcionamiento del Universo mismo. Mientras tanto, solo podemos observar impotentes, como desaparece uno de los miembros de un par de calcetines.  ¿Por qué ocurre este extraño fenómeno? ¿Por que siempre desaparece uno de los miembros de la pareja? Y otra dificultad para averiguarlo es que no sabemos si desaparecen más los calcetines derechos que los izquierdos o al revés Y no podemos saberlo porque en realidad no sabemos si existen calcetines derechos y calcetines izquierdos. Los guantes pueden ser diferenciados, al igual que los zapatos. pero los calcetines no y es ahí tal vez donde se esconde su secreto. Tal vez ocurra que cada calcetín derecho siente o manifiesta una fuerte repulsión por su correspondiente izquierdo, lo que hace que busque la manera de alejarse lo más posible, desvaneciéndose en el aire, como pompa de jabón, como materia que se encuentra a su antimateria. Ahí está: tal vez ese sea su secreto. Cada calcetín es pareado exactamente con su calcetín de antimateria o, por decirlo más propiamente, cada calcetín se parea con su anticalcetín y es por eso que uno está condenado a desaparecer o a trasladarse al otro extremo del universo a través de uno de los llamados “agujeros de gusano” para dejar a su pareja condenada a la soledad…


Por cierto, los calcetines tienen una particular inclinación por los agujeros. Aparecen de pronto sin que nada les haya hecho daño, sin intervención de ningún instrumento punzo-cortante. ¿Por qué? ¿será que se desmaterializan de a poco y lo primero que se va es lo que estaba antes de que apareciera el agujero? ¿Serán acaso los agujeros de los calcetines los portales a los “agujeros de gusano” mencionados por la más avanzada astrofísica? 

Pero, ¿como es que se hacen estas parejas de calcetín y anticalcetín? ¿quién las hace? ¿Es un fenómeno natural o hay intervención divina, algo parecido al “diseño inteligente”? ¿Y con qué objeto la divinidad une dos calcetines que van a terminar separándose? ¿Es acaso una metáfora del matrimonio?


Pero eso no es todo: los calcetines guardan otro secreto que se manifiesta en su exacerbada preferencia por la individualidad. Dicho de otro modo: cada calcetín, no conforme con repudiar a su anticalcetín, odia la uniformidad. Cada calcetín del Universo, como si tuviera voluntad propia, detesta parecerse a otro calcetín. Permítaseme explicarlo con un sencillo experimento: consígase un determinado número de pares de calcetines, tal y como salen de la fabrica. Estos pares deben ser todos iguales. Digamos que elegimos cinco pares de calcetines negros, todos de la misma marca, de preferencia pertenecientes al mismo lote de fabricación y pongámoslos en un lugar cerrado. Puede ser el cajón de una cómoda, aunque el lugar donde el proceso más parece acelerarse es en una lavadora. Pónganse esos 10 calcetines exactamente iguales en una carga normal de lavadora o en el cajón de una cómoda, aunque ahí el proceso puede ser mucho más tardado. Terminado el ciclo de lavado o después de varias semanas guardados, no encontraremos los 10 calcetines con los que comenzamos. No. Por medio de algún desconocido proceso vamos a encontrar 9 calcetines, pues uno de ellos habrá sido expelido al otro extremo de la galaxia. Pero lo más curioso es que no tendremos ahora cuatro pares y un non, como lo dictaría la lógica aristoteliana. Obtendremos nueve calcetines con diferentes tonalidades del gris oscuro o con diferentes texturas y tejidos. Nueve calcetines completamente diferentes entre sí, con lo que tendremos nueve calcetines nones e inútiles. Por que hay que admitir que, para que unos calcetines desempeñen bien su papel, deben estar organizados en parejas. De no ser así, solo son trozos de material tejido, desprovistos de toda calcetinidad… Y he aquí la tremenda paradoja de los calcetines: ellos deben su identidad a su naturaleza pareada, sin la cual, quedan despojados de toda utilidad. Pero al mismo tiempo, sufren o padecen una fuerte compulsión por ser separados, no sólo de su respectiva pareja, sino de la comunidad de calcetines, en una búsqueda intensa por una individualidad libertaria, pero que los envía a la nonedad, a la prescindibilidad, al no-ser.



¿Cuál es el secreto que esconden estos misterios de la vida cotidiana? ¿A que preguntas últimas responden? Tal vez nunca lo sepamos…

viernes, 1 de julio de 2016

La magia: crónica de una pasión.


El primer truco de magia que vi en mi vida, lo hacía mi hermano Chavo. Tomaba una bolsa de papel con una mano y con la otra simulaba tomar algo en el aire. Después arrojaba ese objeto invisible y lo atrapaba con la bolsa. El sonido de la bolsa indicaba que algo efectivamente había caído. Con aire triunfal metía la mano en la bolsa y sacaba una moneda. Yo miraba maravillado preguntándome cómo lo había hecho. Afortunadamente para mí, Chavo accedió a mostrarme como lo hacía y así aprendí a hacer mi primer truco, aunque creo que nunca se lo mostré a nadie. Yo tendría unos 6 años y Chavo 13.

       En mi casa, desde que mi memoria inicia, siempre hubo libros. Mi papá tuvo la preocupación de comprarnos constantemente enciclopedias y colecciones similares. En una de estas enciclopedias para niños había una sección que explicaba algunos trucos de magia sencillos. Mis  primeros esfuerzos en la lectura fueron para descifrar las instrucciones para desaparecer una moneda frotándola contra el codo. Aunque el truco era muy sencillo, ya tenía un componente psicológico para desviar la atención del espectador simulando que un primer intento no había salido bien, operación que ocultaba el momento en que la moneda era escondida en el cuello de la camisa. Ese fue mi segundo truco, y creo que muy pocas veces lo mostré. 

      En ese mismo libro aprendí otro truco que se hacía de sobremesa, donde, al tratar de desaparecer una moneda cubriéndola con un salero envuelto en una servilleta, el que desaparecía era el salero. Ese fue mi primer truco exitoso y esta vez si lo mostré muchas veces. Pero mi repertorio se mantuvo por años ahí, a pesar de que el libro aquel tenía muchos efectos más.

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Un regalo definitivo
 Cuando ingresé a la secundaria, mi mamá, que era profesora de primaria, decidió reanudar su carrera magisterial, así que, después de un largo y engorroso trámite, dejó de ser ama de casa para volver a la enseñanza en las aulas. Con su primer sueldo, quiso hacernos un regalo a mis hermanos y a mí. En ese entonces mi hermano ya se había ido a estudiar al DF y mis hermanas habían ingresado a la preparatoria. Tal vez por nostalgia de una niñez ya ida y porque la fecha lo ameritaba, mi mamá decidió que ese regalo fuera una reedición de la visita de los Reyes Magos, así que dio instrucciones precisas: debíamos escribir una carta como las de antaño y sólo podíamos pedir juguetes, algo inusitado en ella, que siempre favoreció el obsequio de ropa por razones de practicidad.
Mis hermanas pidieron unos muñecos y mi hermano no recuerdo que pidió. Yo estuve revisando los catálogos de juguetes, indeciso, en una edad en que los carros y autopistas habían dejado de interesarme. Un poco antes, mi papá me había regalado un juego de química que incluía algunos trucos en los que algún líquido incoloro se coloreaba o viceversa. No encontré en el catálogo algún juego de química o algo similar que llamara mi atención, pero encontré un estuche de trucos de magia, así que me decidí por este.


      La caja aquella contenía cuerdas, anillos, una baraja trucada, pelotitas y demás objetos con los que se podían hacer los trucos que se explicaban en un folleto. Nunca imaginé que ese sencillo juguete marcaría el curso que mi vida tomó después. Lo que empezó como un juego nostálgico de mi mamá, pronto se convirtió en una pasión. Cuando hube dominado algunos de los trucos del estuche, regresé a la vieja enciclopedia. Y después comenzó una búsqueda ávida de libros relacionados con el tema. En el taller de la secundaria me fabriqué una mesita desarmable y comencé a tratar de armar un pequeño espectáculo, que presenté por vez primera ante mi hermano y sus amigos estudiantes de física que habían ido a la casa de visita. No recuerdo bien como habrá salido aquel primer show, pero eso fue suficiente para que mi pasión se acrecentara. Comencé a buscar librerías para bucear en ellas en busca de libros de magia. Encontré algunos de ellos, no muy claros y no muy prácticos para lo que yo buscaba, pero me iniciaron en la cultura de los magos e ilusionistas.

     Mi primo Jorge, hijo de una hermana de mi papá, había sido aficionado a la magia pocos años antes de mi furor. Lamentablemente, falleció antes de cumplir 15 años a causa de un aneurisma. Su cuarto en casa de mi abuela permaneció intacto por varios años. En un librero había una caja de madera donde estaban sus objetos mágicos. En una visita vi aquella caja misteriosa y Maru, hermana de Jorge, accedió a mostrármela. Mis ojos brillaron y le rogué a ella, a mi tía y a mi abuela que me permitieran conservarla. Además, mi tío Segundo, que trabajaba distribuyendo libros, me consiguió otro libro sobre el tema. Poco a poco, mi arsenal fue aumentando.


La tienda del mago Chams
Supe que existía una tienda especializada en artículos para magos. Se trataba de la tienda del Mago Chams, ubicada frente al Reloj Chino de Bucareli. Durante mucho tiempo, esa tienda fue lo más parecido al paraíso y aprendí a llegar a ella viajando desde Pachuca. A los 13 años, esos fueron mis primeros viajes solo  a la ciudad de México. El lugar está todavía en un viejo edificio a espaldas de La Ciudadela. Es un local grande, atiborrado de objetos curiosos. Venden también disfraces, pelucas y demás artículos para payasos, bromas para despedidas de soltera y cosas por el estilo. En ese entonces tenía un pequeño escenario al fondo, con cortinas negras. El mecanismo de venta era así: una joven me preguntaba como que efecto me gustaría ver: monedas, cartas, cuerdas, etc. Ella misma ejecutaba cada truco que yo miraba absolutamente embelesado. Cuando pedía que me mostraran algún efecto de escenario, salía el propio Mago Chams, con una filipina blanca y realizaba el truco en el pequeño escenario. Luego, cuando elegía lo que quería comprar y lo pagaba, la chica me mostraba el secreto. Sí elegía un aparato más grande, me hacían pasar a una trastienda iluminada con un foco, atiborrada de cajas y el mismo Mago Chams me mostraba lo básico del truco. No eran lecciones propiamente dichas. Sólo revelaban el secreto de manera escueta. A veces venían con un instructivo escrito a máquina en una sola hoja. La manera de presentarlo, la sicología de cada juego, la charla que lo acompañaría, quedaban completamente a mi cargo. De lo que compré en esa tienda hace 40 años conservo casi todo. Entre ellos está un juego de aros metálicos cromados para hacer la rutina de “Los Aros Chinos”, un clásico de la magia en el que se enlazan y se separan mágicamente y casi se puede ver como cada aro atraviesa al otro. Además de la explicación para hacer esa maravilla, esos aros guardan otro secreto: me son especialmente apreciados porque me los regaló mi hermana Chelo con su primer sueldo. Ella no lo sabe, pero eso hace que contengan verdadera magia…
Hace poco fui de nuevo a la tienda. Mi corazón volvió a latir con fuerza al entrar. Ahí estaba el viejo mago Chams. Físicamente parecía no haber cambiado. Seguía sonriente, atento con su clientela.
-Déjeme mostrarle una chulada- dijo. Y entonces sacó una moneda de 10 pesos, luego encendió un cigarro. Tomó entre sus dedos la moneda y la atravesó con el cigarro encendido. Enseñó con aire triunfal la moneda con el cigarro humeante atravesado, lo sacó por el otro lado y luego mostró ambos intactos, la moneda sin ningún agujero visible. Yo y otros clientes de la tienda aplaudimos. Chams sonrió y agradeció. De pronto, como recordando algo de golpe, dijo:
-Déjeme mostrarle una chulada-. Y volvió a sacar la misma moneda de diez pesos y volvió a encender un cigarro.
-Ese ya lo hizo. Enséñeles otro- dijo la dependiente un tanto malhumorada. El viejo mago la miró confundido. Entonces puso el cigarro en su puño, hizo un rápido movimiento y el cigarro “desapareció”. Un pequeño tubo adosado a un elástico, donde había insertado el cigarro, colgaba visiblemente de su saco. Sonriente, mostraba sus manos vacías, sin darse cuenta que sin querer estaba mostrando como lo había hecho. Con cortesía mal disimulada, volvimos a aplaudir desganados. Sentí una gran pena por el ídolo de mi adolescencia temprana. Los años hacen estragos…


El inicio de una carrera
Pero en aquellos años adolescentes, mi pasión por la magia crecía. Cuando cumplí 14 años mi papá me preguntó si quería algo en especial como regalo de cumpleaños. No lo dudé ni un instante: quería un traje de mago auténtico, un frac. Me llevó a la sastrería Macazaga, en la Colonia Roma, hizo que me tomaran medidas y me mandó hacer un auténtico frac gris Oxford, con todos sus complementos: chaleco blanco, fajilla del mismo color, corbata de moño de terciopelo blanco. Ahora sí parecía un mago auténtico. Hubiera querido tener la capa y la chistera, pero eso era más difícil de conseguir. Para complementar el atuendo, me fabriqué, con una medalla que me otorgaron en la primaria, en forma de cruz patada, una “joya” que me daba un aspecto aristocrático, o al menos eso creía. Acababa de leer “Drácula” de Bram Stoker y quería parecer algo así como el noble dueño de un castillo tenebroso. Con esa idea en mente me inventé el nombre de “Igor Drako”. Mi tía Luchita, hermana de mi mamá, me consiguió lo que faltaba a mi atuendo: un auténtico sombrero de copa. Mi primer personaje había nacido.

      Todo mago que se respete debe aparecer palomas reales, así que, con ayuda del Mago Chams y su tienda, aprendí el método para hacerlo. Pero no tenía paloma. Mi mamá, maestra en la escuela de un viejo barrio minero, preguntó donde podría conseguir una de esas aves. Alguien le llevó un hermoso pichón blanco. Pero había un problema: era demasiado grande. El truco consistía en poner al animalito en un arnés especial que lo mantenía inmóvil. Paloma y arnés se metían en un bolsillo secreto del saco para sacarlo en el momento oportuno. Pero el pichón que me llevó mi mamá no cabía en el arnés. Entonces se me ocurrió añadirle tela para que le quedara. Pero cuando lo metí al bolsillo secreto, formaba un bulto visible a kilómetros de distancia. Aquello no funcionaba. Además, el pobre pichón, harto de apretujones, me tomó un auténtico odio, mismo que mostraba cada que me veía, esponjándose y abriendo el pico de forma amenazadora. Hubiera funcionado más hacer un número de domador de feroces palomas…

     Fui a la tienda del mago Chams a preguntar qué era lo que estaba mal. La joven que regularmente me atendía se rió de buena gana y me explicó que no se usan pichones normales, sino una variedad de palomas llamadas “habaneras”, mucho más pequeñas y muy dóciles. Me dijo donde donde comprarlas, así que adquirí una parejita y se convirtieron en las estrellas de mi “show”. Amigos animalistas: no se me enojen. Mis palomas no sufrieron ningún maltrato, se dejaban poner dócilmente el arnés y solo pasaban unos minutos dentro del bolsillo secreto. De hecho, vivieron conmigo varios años y hasta se reprodujeron, de tal modo que, cuando un polluelo estuvo en edad de “trabajar”, “jubilé” a esas primeras palomas que terminaron tranquilamente su vida en el patio trasero de mi casa, volando libremente.

    Ya con un pequeño “show” montado y con un atuendo profesional, comencé a ofrecer mi espectáculo para fiestas infantiles. El padre de una amiga de la secundaria, que tenía una imprenta, me hizo mis tarjetas de presentación. Mi primer trabajo pagado fue precisamente como mago en una fiesta. Me pagaron 300 pesos de los de antes y lo invertí… en más trucos. Debe haber sido curioso ver a un muchacho vestido de frac y sombrero de copa, con una maleta de un lado y una cajita de madera en la otra -donde llevaba a mis palomas-, caminando presuroso por la calle, camino a alguna fiesta.

     Me presenté no sólo en fiestas, sino también en ferias, festivales escolares, eventos especiales y en cuanto escenario requiriera mis servicios. Desde luego, los shows en las fiestas familiares se habían hecho ya tradicionales. Mis amigos me apodaban precisamente “El Mago”…

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De la magia al teatro y del teatro a la música.
Conforme avanzaba mi “carrera” mágica, más me daba cuenta que necesitaba contar con más herramientas escénicas, así que me uní a un grupo de teatro de aficionados integrado por muchachos aproximadamente de mi edad. El grupo, dirigido por Arturo Romero, un entusiasta actor y director autodidacta, apenas un poco mayor que yo, montaba  comedias ligeras, aunque con el tiempo se fue haciendo más ambicioso. El teatro me entusiasmó de tal modo que le dedicaba la mayor parte del tiempo libre que me dejaba la prepa, que por cierto, en aquel entonces y con aquellos planes de estudio, era bastante. Arturo trataba de ser muy serio en los estudios de actuación, así que algo fui aprendiendo y pronto me vi convertido en uno de sus actores principales, con una media docena de puestas en escena y bastante actividad.

     Ya encaminado dentro del teatro, poco a poco fui desarrollando la peregrina idea de que la magia, divertida y apasionante, no era lo suficientemente “seria” como otras artes, por lo que la fui abandonando poco a poco. Pero mis libros y aparatos mágicos fueron celosamente guardados. El teatro avivó mi interés por la música. Buena parte de lo que ganaba trabajando como mago lo gastaba en comprar discos, de tal forma que me fui convirtiendo en un melómano que solía proponer la música de las puestas en escena que hacíamos. Y así, entre una carrera mágica que parecía desvanecerse y varios éxitos como actor aficionado, la música se fue configurando como el motor de mi existencia. Cuando terminé el bachillerato, mi duda estaba entre estudiar teatro o música, aunque al final me decanté por ésta última.

     Varios años en la Escuela Nacional de Música, mi ingreso a la música comercial profesional, mis experimentaciones dentro del free jazz y la música de vanguardia, una licenciatura en Ciencias de la Comunicación guardaron esa pasión por la magia,  que se hizo casi secreta pero presente. Un día, una compañía de teatro que se había instalado en Pachuca como resultado de los terremotos de 1985, me invitó a participar en una puesta en escena. Se trataba de una obra para actores y títeres con el tema del circo, como resultado de una exposición del Museo Nacional de Culturas Populares acerca del circo en México. El papel propuesto era, por supuesto, el del mago del circo. Con ayuda de Emmanuel Márquez, el director, armamos no uno sino tres personajes para la obra: un mago elegante, de frac, enamoradizo y cursi, un mago “oriental”, con turbante y túnica y un mago-payaso que se enredaba al tratar de hacer la rutina de los Aros Chinos. La obra tuvo cierto movimiento y reavivó mi interés por la magia. Pero una vez terminada la temporada, aquella pasión regreso a su estado de hibernación.


Un viejo amor…
Hace unos diez años descubrí, casi por accidente, que en el escenario o detrás de un personaje podía comunicarme con los niños. Nunca fui especialmente “niñero”. Más bien, hasta los evitaba. Pero descubrí que, si me resguardaba detrás de un personaje que los divirtiera, hasta podía disfrutar su compañía. Me uní como voluntario a una organización que hace visitas a hospitales caracterizados como payasos. Ese fue el pretexto que necesitaba para regresar a la magia. Ya con una carrera como músico y con experiencia en compañías profesionales de teatro, sabía que era posible vivir del trabajo escénico. Por eso reorienté mi carrera y comencé a estudiar el arte del “clown”, al mismo tiempo que dejaba que la pasión por la magia despertara otra vez, esta vez con la fuerza que dan los años de experiencia en el escenario. Esta vez inventé un personaje que combinara la música, el arte del clown y la magia. Así nació “Chuspo”, un viejo músico que trata de hacer conciertos, pero cosas mágicas e incontrolables le “pasan”. Supuestamente “Chuspo” está dirigido a un público infantil, pero en realidad los niños son el pretexto para hacer un espectáculo donde pueda reírme y hacer reír con cosas que me gusta hacer.


La magia y el escepticismo
Después de años de reflexiones he llegado a la conclusión de que, para mí la magia va mucho más allá de las artes escénicas: es toda una forma de entender la vida, el conocimiento y el comportamiento humano. Desde los primeros trucos que aprendí, me di cuenta que, además de lo importante que es dominar tal o cual movimiento o técnica de prestidigitación, era importante entender y dominar la parte psicológica del truco. No basta con hacer parecer que una moneda ha desaparecido. Hay que convencer al espectador de que eso ocurrió mágicamente. Hay que hacerle creer que vio cosas que en realidad no pasaron; hay que hacer que mire para un lado y no otro y hay que hacer que piense y deduzca lo que el mago quiere. Hay que conducir y dirigir su atención hacia donde queremos y evitar que vaya a donde no queremos. Esto es lo que hacen los buenos magos, ya sea con un truco de cartas frente a un pequeño grupo de amigos o un efecto espectacular en un escenario gigantesco. Los magos entonces, desde hace siglos, han aprendido a manejar la atención y percepción de sus espectadores y pueden hacer que vean y crean casi cualquier cosa. Son artistas del engaño con el propósito de entretener de manera más o menos artística. Los magos han demostrado que la atención, la percepción y las creencias pueden ser -y son- altamente manipulables. Se puede convencer a las personas para que crean cualquier cosa, aun cuando vaya en contra de la razón o el sentido común, si se usan las técnicas adecuadas. Por lo tanto, nosotros como humanos, contamos con sentidos, percepción y un razonamiento que pueden ser engañados con relativa facilidad.

     Uno de mis héroes de la adolescencia fue el ilusionista y escapista Harry Houdini (1874-1926). Hijo de inmigrantes húngaros, Erich Weiss -su nombre real-, se convirtió en uno de los artistas escénicos más exitosos de su tiempo. Cuando su madre murió sintió un gran interés por el espiritismo, la moda sobrenatural de su tiempo. Intentando “comunicarse” con el más allá para contactar con su madre muerta, Houdini acudió a médiums que afirmaban  poder establecer contacto con personas ya muertas. Siendo un experto en las artes del engaño, rápidamente descubrió los métodos que los espiritistas usaban para estafar a la gente. A partir de ahí se convirtió en una suerte de cazador de fraudes relacionados con lo “sobrenatural”. Houdini tenía una especial amistad con Sir Arthur Conan Doyle, el autor de las novelas de Sherlock Holmes. Pero lo que el personaje ficticio tenía de hábil maestro del pensamiento lógico y la deducción, su autor lo tenía de credulidad y pensamiento mágico. Conan Doyle fue fácilmente engatusado por dos adolescentes que le hicieron creer que habían fotografiado  a “auténticas” hadas. El engaño era de lo más burdo, ya que las “hadas” no eran mas que recortes de revistas. Pero a pesar de las advertencias de Houdini, Conan Doyle creyó firmemente que se encontraba frente a un hecho sobrenatural. La amistad entre ellos se vio gravemente dañada cuando la esposa de Conan Doyle, que presumía de ser médium, le dio una carta supuestamente dictada por su madre muerta desde el más allá. El problema era que la carta estaba escrita en inglés, idioma que la madre de Houdini nunca aprendió. Ella sólo hablaba yiddish.

     El incidente de las “hadas” y el asunto de los espiritistas hicieron que Harry Houdini fuera el iniciador de un movimiento para desenmascarar los supuestos hechos sobrenaturales y que se constituían en fraudulentos negocios. Este movimiento, no siempre entendido o articulado como tal, fue continuado años más tarde por otro mago: el canadiense James Randi. Además de su carrera como ilusionista, The Amazing Randi se dio a conocer cuando desenmascaró al “psiquico” israelí Uri Geller, el cual saltó a la fama en la década de los ochentas al presentar un acto donde doblaba cucharas supuestamente con el poder de su mente. Randi retó a Geller a repetir su acto en un programa de televisión, sin que este tuviera acceso previo a las cucharas que supuestamente doblaría. Bajo la experta mirada del mago, el “psíquico” no pudo realizar sus mañosas trampas y no logró doblar una sola. Argumentó que sus “poderes” se debilitaban ante la presencia de los escépticos. ¡Qué casualidad!. Geller demandó a Randi por una suma millonaria, pero perdió el caso estrepitosamente. James Randi fundó una organización para la investigación de hechos “paranormales”, la James Randi Educational Fundation (JREF) una organización sin fines de lucro que tiene la finalidad de educar a la gente y a los medios acerca de afirmaciones acerca de hechos supuestamente sobrenaturales. Incluso estableció un premio de un millón de dólares para la persona o personas que lograran reproducir cualquier clase de hecho sobrenatural en condiciones de laboratorio. Muchos han aceptado el reto, pero nadie ha podido llevarse el millón. Al igual que la JREF, existen otras organizaciones de escépticos como el Committee for Skeptical Inquiry (CSI) y muchas otras distribuidas por todo el mundo Y todas ellas, al investigar algún supuesto caso paranormal, tienen entre sus expertos a un mago, para evitar la utilización de técnicas de prestidigitación en afirmaciones de este tipo.


     La magia, el arte del engaño,  es entonces una herramienta para evitarlo. Se convierte así en un auxiliar de la ciencia, en un medio para evitar los sesgos cognitivos que dan una visión distorsionada de la realidad. Para mí, la magia se ha convertido en el punto de partida para toda una forma de ver la realidad, de entender que nuestros sentidos y nuestra percepción pueden ser engañados fácilmente y que necesitamos de medios para evitarlo. Estos medios son el pensamiento crítico y el razonamiento científico. Sin ellos, estamos perdidos ante la publicidad, los fraudes, la pseudociencia, los eslogans políticos, las medicinas “alternativas” y toda clase de modas que ponen en peligro nuestra salud, nuestro patrimonio y hasta nuestra posición política. 

     A veces me han preguntado si mi escepticismo no interfiere con mi vida “espiritual”. No se exactamente a que se refieren con eso de mi “espiritualidad”, pero si se que tengo una intensa vida interior. Puedo maravillarme ante una puesta de sol, puedo sentirme fascinado ante la idea del inmenso universo con sus galaxias, quasars y hoyos negros, puedo emocionarme ante el crecimiento de un diente de león en la grieta de una banqueta o ante un cachorro jugando. Me siento conectado a ellos, a ese inmenso universo, pero sin tener necesidad de “milagros” sobrenaturales ni seres fantásticos ni “energías” sutiles. La realidad me parece fascinante así como es. Pero para conocerla hay que despojarnos de esos lastres cognitivos, de esas trampas mentales, de esas ilusiones engañosas. Y para llegar a esto, la magia, con sus palomas que aparecen, sus sombreros de copa llenos de conejos y sus varitas mágicas, ha sido esencial en mi vida.


    Hace más de 50 años mi hermano hizo un truco con una bolsa de papel. Este sencillo acto determinaría, cual efecto mariposa, la manera por donde se conduciría mi vida. Ese fue el verdadero acto de magia.



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