viernes, 1 de julio de 2016

La magia: crónica de una pasión.


El primer truco de magia que vi en mi vida, lo hacía mi hermano Chavo. Tomaba una bolsa de papel con una mano y con la otra simulaba tomar algo en el aire. Después arrojaba ese objeto invisible y lo atrapaba con la bolsa. El sonido de la bolsa indicaba que algo efectivamente había caído. Con aire triunfal metía la mano en la bolsa y sacaba una moneda. Yo miraba maravillado preguntándome cómo lo había hecho. Afortunadamente para mí, Chavo accedió a mostrarme como lo hacía y así aprendí a hacer mi primer truco, aunque creo que nunca se lo mostré a nadie. Yo tendría unos 6 años y Chavo 13.

       En mi casa, desde que mi memoria inicia, siempre hubo libros. Mi papá tuvo la preocupación de comprarnos constantemente enciclopedias y colecciones similares. En una de estas enciclopedias para niños había una sección que explicaba algunos trucos de magia sencillos. Mis  primeros esfuerzos en la lectura fueron para descifrar las instrucciones para desaparecer una moneda frotándola contra el codo. Aunque el truco era muy sencillo, ya tenía un componente psicológico para desviar la atención del espectador simulando que un primer intento no había salido bien, operación que ocultaba el momento en que la moneda era escondida en el cuello de la camisa. Ese fue mi segundo truco, y creo que muy pocas veces lo mostré. 

      En ese mismo libro aprendí otro truco que se hacía de sobremesa, donde, al tratar de desaparecer una moneda cubriéndola con un salero envuelto en una servilleta, el que desaparecía era el salero. Ese fue mi primer truco exitoso y esta vez si lo mostré muchas veces. Pero mi repertorio se mantuvo por años ahí, a pesar de que el libro aquel tenía muchos efectos más.

(Dele click al enlace para ver uno de mis actos)



Un regalo definitivo
 Cuando ingresé a la secundaria, mi mamá, que era profesora de primaria, decidió reanudar su carrera magisterial, así que, después de un largo y engorroso trámite, dejó de ser ama de casa para volver a la enseñanza en las aulas. Con su primer sueldo, quiso hacernos un regalo a mis hermanos y a mí. En ese entonces mi hermano ya se había ido a estudiar al DF y mis hermanas habían ingresado a la preparatoria. Tal vez por nostalgia de una niñez ya ida y porque la fecha lo ameritaba, mi mamá decidió que ese regalo fuera una reedición de la visita de los Reyes Magos, así que dio instrucciones precisas: debíamos escribir una carta como las de antaño y sólo podíamos pedir juguetes, algo inusitado en ella, que siempre favoreció el obsequio de ropa por razones de practicidad.
Mis hermanas pidieron unos muñecos y mi hermano no recuerdo que pidió. Yo estuve revisando los catálogos de juguetes, indeciso, en una edad en que los carros y autopistas habían dejado de interesarme. Un poco antes, mi papá me había regalado un juego de química que incluía algunos trucos en los que algún líquido incoloro se coloreaba o viceversa. No encontré en el catálogo algún juego de química o algo similar que llamara mi atención, pero encontré un estuche de trucos de magia, así que me decidí por este.


      La caja aquella contenía cuerdas, anillos, una baraja trucada, pelotitas y demás objetos con los que se podían hacer los trucos que se explicaban en un folleto. Nunca imaginé que ese sencillo juguete marcaría el curso que mi vida tomó después. Lo que empezó como un juego nostálgico de mi mamá, pronto se convirtió en una pasión. Cuando hube dominado algunos de los trucos del estuche, regresé a la vieja enciclopedia. Y después comenzó una búsqueda ávida de libros relacionados con el tema. En el taller de la secundaria me fabriqué una mesita desarmable y comencé a tratar de armar un pequeño espectáculo, que presenté por vez primera ante mi hermano y sus amigos estudiantes de física que habían ido a la casa de visita. No recuerdo bien como habrá salido aquel primer show, pero eso fue suficiente para que mi pasión se acrecentara. Comencé a buscar librerías para bucear en ellas en busca de libros de magia. Encontré algunos de ellos, no muy claros y no muy prácticos para lo que yo buscaba, pero me iniciaron en la cultura de los magos e ilusionistas.

     Mi primo Jorge, hijo de una hermana de mi papá, había sido aficionado a la magia pocos años antes de mi furor. Lamentablemente, falleció antes de cumplir 15 años a causa de un aneurisma. Su cuarto en casa de mi abuela permaneció intacto por varios años. En un librero había una caja de madera donde estaban sus objetos mágicos. En una visita vi aquella caja misteriosa y Maru, hermana de Jorge, accedió a mostrármela. Mis ojos brillaron y le rogué a ella, a mi tía y a mi abuela que me permitieran conservarla. Además, mi tío Segundo, que trabajaba distribuyendo libros, me consiguió otro libro sobre el tema. Poco a poco, mi arsenal fue aumentando.


La tienda del mago Chams
Supe que existía una tienda especializada en artículos para magos. Se trataba de la tienda del Mago Chams, ubicada frente al Reloj Chino de Bucareli. Durante mucho tiempo, esa tienda fue lo más parecido al paraíso y aprendí a llegar a ella viajando desde Pachuca. A los 13 años, esos fueron mis primeros viajes solo  a la ciudad de México. El lugar está todavía en un viejo edificio a espaldas de La Ciudadela. Es un local grande, atiborrado de objetos curiosos. Venden también disfraces, pelucas y demás artículos para payasos, bromas para despedidas de soltera y cosas por el estilo. En ese entonces tenía un pequeño escenario al fondo, con cortinas negras. El mecanismo de venta era así: una joven me preguntaba como que efecto me gustaría ver: monedas, cartas, cuerdas, etc. Ella misma ejecutaba cada truco que yo miraba absolutamente embelesado. Cuando pedía que me mostraran algún efecto de escenario, salía el propio Mago Chams, con una filipina blanca y realizaba el truco en el pequeño escenario. Luego, cuando elegía lo que quería comprar y lo pagaba, la chica me mostraba el secreto. Sí elegía un aparato más grande, me hacían pasar a una trastienda iluminada con un foco, atiborrada de cajas y el mismo Mago Chams me mostraba lo básico del truco. No eran lecciones propiamente dichas. Sólo revelaban el secreto de manera escueta. A veces venían con un instructivo escrito a máquina en una sola hoja. La manera de presentarlo, la sicología de cada juego, la charla que lo acompañaría, quedaban completamente a mi cargo. De lo que compré en esa tienda hace 40 años conservo casi todo. Entre ellos está un juego de aros metálicos cromados para hacer la rutina de “Los Aros Chinos”, un clásico de la magia en el que se enlazan y se separan mágicamente y casi se puede ver como cada aro atraviesa al otro. Además de la explicación para hacer esa maravilla, esos aros guardan otro secreto: me son especialmente apreciados porque me los regaló mi hermana Chelo con su primer sueldo. Ella no lo sabe, pero eso hace que contengan verdadera magia…
Hace poco fui de nuevo a la tienda. Mi corazón volvió a latir con fuerza al entrar. Ahí estaba el viejo mago Chams. Físicamente parecía no haber cambiado. Seguía sonriente, atento con su clientela.
-Déjeme mostrarle una chulada- dijo. Y entonces sacó una moneda de 10 pesos, luego encendió un cigarro. Tomó entre sus dedos la moneda y la atravesó con el cigarro encendido. Enseñó con aire triunfal la moneda con el cigarro humeante atravesado, lo sacó por el otro lado y luego mostró ambos intactos, la moneda sin ningún agujero visible. Yo y otros clientes de la tienda aplaudimos. Chams sonrió y agradeció. De pronto, como recordando algo de golpe, dijo:
-Déjeme mostrarle una chulada-. Y volvió a sacar la misma moneda de diez pesos y volvió a encender un cigarro.
-Ese ya lo hizo. Enséñeles otro- dijo la dependiente un tanto malhumorada. El viejo mago la miró confundido. Entonces puso el cigarro en su puño, hizo un rápido movimiento y el cigarro “desapareció”. Un pequeño tubo adosado a un elástico, donde había insertado el cigarro, colgaba visiblemente de su saco. Sonriente, mostraba sus manos vacías, sin darse cuenta que sin querer estaba mostrando como lo había hecho. Con cortesía mal disimulada, volvimos a aplaudir desganados. Sentí una gran pena por el ídolo de mi adolescencia temprana. Los años hacen estragos…


El inicio de una carrera
Pero en aquellos años adolescentes, mi pasión por la magia crecía. Cuando cumplí 14 años mi papá me preguntó si quería algo en especial como regalo de cumpleaños. No lo dudé ni un instante: quería un traje de mago auténtico, un frac. Me llevó a la sastrería Macazaga, en la Colonia Roma, hizo que me tomaran medidas y me mandó hacer un auténtico frac gris Oxford, con todos sus complementos: chaleco blanco, fajilla del mismo color, corbata de moño de terciopelo blanco. Ahora sí parecía un mago auténtico. Hubiera querido tener la capa y la chistera, pero eso era más difícil de conseguir. Para complementar el atuendo, me fabriqué, con una medalla que me otorgaron en la primaria, en forma de cruz patada, una “joya” que me daba un aspecto aristocrático, o al menos eso creía. Acababa de leer “Drácula” de Bram Stoker y quería parecer algo así como el noble dueño de un castillo tenebroso. Con esa idea en mente me inventé el nombre de “Igor Drako”. Mi tía Luchita, hermana de mi mamá, me consiguió lo que faltaba a mi atuendo: un auténtico sombrero de copa. Mi primer personaje había nacido.

      Todo mago que se respete debe aparecer palomas reales, así que, con ayuda del Mago Chams y su tienda, aprendí el método para hacerlo. Pero no tenía paloma. Mi mamá, maestra en la escuela de un viejo barrio minero, preguntó donde podría conseguir una de esas aves. Alguien le llevó un hermoso pichón blanco. Pero había un problema: era demasiado grande. El truco consistía en poner al animalito en un arnés especial que lo mantenía inmóvil. Paloma y arnés se metían en un bolsillo secreto del saco para sacarlo en el momento oportuno. Pero el pichón que me llevó mi mamá no cabía en el arnés. Entonces se me ocurrió añadirle tela para que le quedara. Pero cuando lo metí al bolsillo secreto, formaba un bulto visible a kilómetros de distancia. Aquello no funcionaba. Además, el pobre pichón, harto de apretujones, me tomó un auténtico odio, mismo que mostraba cada que me veía, esponjándose y abriendo el pico de forma amenazadora. Hubiera funcionado más hacer un número de domador de feroces palomas…

     Fui a la tienda del mago Chams a preguntar qué era lo que estaba mal. La joven que regularmente me atendía se rió de buena gana y me explicó que no se usan pichones normales, sino una variedad de palomas llamadas “habaneras”, mucho más pequeñas y muy dóciles. Me dijo donde donde comprarlas, así que adquirí una parejita y se convirtieron en las estrellas de mi “show”. Amigos animalistas: no se me enojen. Mis palomas no sufrieron ningún maltrato, se dejaban poner dócilmente el arnés y solo pasaban unos minutos dentro del bolsillo secreto. De hecho, vivieron conmigo varios años y hasta se reprodujeron, de tal modo que, cuando un polluelo estuvo en edad de “trabajar”, “jubilé” a esas primeras palomas que terminaron tranquilamente su vida en el patio trasero de mi casa, volando libremente.

    Ya con un pequeño “show” montado y con un atuendo profesional, comencé a ofrecer mi espectáculo para fiestas infantiles. El padre de una amiga de la secundaria, que tenía una imprenta, me hizo mis tarjetas de presentación. Mi primer trabajo pagado fue precisamente como mago en una fiesta. Me pagaron 300 pesos de los de antes y lo invertí… en más trucos. Debe haber sido curioso ver a un muchacho vestido de frac y sombrero de copa, con una maleta de un lado y una cajita de madera en la otra -donde llevaba a mis palomas-, caminando presuroso por la calle, camino a alguna fiesta.

     Me presenté no sólo en fiestas, sino también en ferias, festivales escolares, eventos especiales y en cuanto escenario requiriera mis servicios. Desde luego, los shows en las fiestas familiares se habían hecho ya tradicionales. Mis amigos me apodaban precisamente “El Mago”…

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De la magia al teatro y del teatro a la música.
Conforme avanzaba mi “carrera” mágica, más me daba cuenta que necesitaba contar con más herramientas escénicas, así que me uní a un grupo de teatro de aficionados integrado por muchachos aproximadamente de mi edad. El grupo, dirigido por Arturo Romero, un entusiasta actor y director autodidacta, apenas un poco mayor que yo, montaba  comedias ligeras, aunque con el tiempo se fue haciendo más ambicioso. El teatro me entusiasmó de tal modo que le dedicaba la mayor parte del tiempo libre que me dejaba la prepa, que por cierto, en aquel entonces y con aquellos planes de estudio, era bastante. Arturo trataba de ser muy serio en los estudios de actuación, así que algo fui aprendiendo y pronto me vi convertido en uno de sus actores principales, con una media docena de puestas en escena y bastante actividad.

     Ya encaminado dentro del teatro, poco a poco fui desarrollando la peregrina idea de que la magia, divertida y apasionante, no era lo suficientemente “seria” como otras artes, por lo que la fui abandonando poco a poco. Pero mis libros y aparatos mágicos fueron celosamente guardados. El teatro avivó mi interés por la música. Buena parte de lo que ganaba trabajando como mago lo gastaba en comprar discos, de tal forma que me fui convirtiendo en un melómano que solía proponer la música de las puestas en escena que hacíamos. Y así, entre una carrera mágica que parecía desvanecerse y varios éxitos como actor aficionado, la música se fue configurando como el motor de mi existencia. Cuando terminé el bachillerato, mi duda estaba entre estudiar teatro o música, aunque al final me decanté por ésta última.

     Varios años en la Escuela Nacional de Música, mi ingreso a la música comercial profesional, mis experimentaciones dentro del free jazz y la música de vanguardia, una licenciatura en Ciencias de la Comunicación guardaron esa pasión por la magia,  que se hizo casi secreta pero presente. Un día, una compañía de teatro que se había instalado en Pachuca como resultado de los terremotos de 1985, me invitó a participar en una puesta en escena. Se trataba de una obra para actores y títeres con el tema del circo, como resultado de una exposición del Museo Nacional de Culturas Populares acerca del circo en México. El papel propuesto era, por supuesto, el del mago del circo. Con ayuda de Emmanuel Márquez, el director, armamos no uno sino tres personajes para la obra: un mago elegante, de frac, enamoradizo y cursi, un mago “oriental”, con turbante y túnica y un mago-payaso que se enredaba al tratar de hacer la rutina de los Aros Chinos. La obra tuvo cierto movimiento y reavivó mi interés por la magia. Pero una vez terminada la temporada, aquella pasión regreso a su estado de hibernación.


Un viejo amor…
Hace unos diez años descubrí, casi por accidente, que en el escenario o detrás de un personaje podía comunicarme con los niños. Nunca fui especialmente “niñero”. Más bien, hasta los evitaba. Pero descubrí que, si me resguardaba detrás de un personaje que los divirtiera, hasta podía disfrutar su compañía. Me uní como voluntario a una organización que hace visitas a hospitales caracterizados como payasos. Ese fue el pretexto que necesitaba para regresar a la magia. Ya con una carrera como músico y con experiencia en compañías profesionales de teatro, sabía que era posible vivir del trabajo escénico. Por eso reorienté mi carrera y comencé a estudiar el arte del “clown”, al mismo tiempo que dejaba que la pasión por la magia despertara otra vez, esta vez con la fuerza que dan los años de experiencia en el escenario. Esta vez inventé un personaje que combinara la música, el arte del clown y la magia. Así nació “Chuspo”, un viejo músico que trata de hacer conciertos, pero cosas mágicas e incontrolables le “pasan”. Supuestamente “Chuspo” está dirigido a un público infantil, pero en realidad los niños son el pretexto para hacer un espectáculo donde pueda reírme y hacer reír con cosas que me gusta hacer.


La magia y el escepticismo
Después de años de reflexiones he llegado a la conclusión de que, para mí la magia va mucho más allá de las artes escénicas: es toda una forma de entender la vida, el conocimiento y el comportamiento humano. Desde los primeros trucos que aprendí, me di cuenta que, además de lo importante que es dominar tal o cual movimiento o técnica de prestidigitación, era importante entender y dominar la parte psicológica del truco. No basta con hacer parecer que una moneda ha desaparecido. Hay que convencer al espectador de que eso ocurrió mágicamente. Hay que hacerle creer que vio cosas que en realidad no pasaron; hay que hacer que mire para un lado y no otro y hay que hacer que piense y deduzca lo que el mago quiere. Hay que conducir y dirigir su atención hacia donde queremos y evitar que vaya a donde no queremos. Esto es lo que hacen los buenos magos, ya sea con un truco de cartas frente a un pequeño grupo de amigos o un efecto espectacular en un escenario gigantesco. Los magos entonces, desde hace siglos, han aprendido a manejar la atención y percepción de sus espectadores y pueden hacer que vean y crean casi cualquier cosa. Son artistas del engaño con el propósito de entretener de manera más o menos artística. Los magos han demostrado que la atención, la percepción y las creencias pueden ser -y son- altamente manipulables. Se puede convencer a las personas para que crean cualquier cosa, aun cuando vaya en contra de la razón o el sentido común, si se usan las técnicas adecuadas. Por lo tanto, nosotros como humanos, contamos con sentidos, percepción y un razonamiento que pueden ser engañados con relativa facilidad.

     Uno de mis héroes de la adolescencia fue el ilusionista y escapista Harry Houdini (1874-1926). Hijo de inmigrantes húngaros, Erich Weiss -su nombre real-, se convirtió en uno de los artistas escénicos más exitosos de su tiempo. Cuando su madre murió sintió un gran interés por el espiritismo, la moda sobrenatural de su tiempo. Intentando “comunicarse” con el más allá para contactar con su madre muerta, Houdini acudió a médiums que afirmaban  poder establecer contacto con personas ya muertas. Siendo un experto en las artes del engaño, rápidamente descubrió los métodos que los espiritistas usaban para estafar a la gente. A partir de ahí se convirtió en una suerte de cazador de fraudes relacionados con lo “sobrenatural”. Houdini tenía una especial amistad con Sir Arthur Conan Doyle, el autor de las novelas de Sherlock Holmes. Pero lo que el personaje ficticio tenía de hábil maestro del pensamiento lógico y la deducción, su autor lo tenía de credulidad y pensamiento mágico. Conan Doyle fue fácilmente engatusado por dos adolescentes que le hicieron creer que habían fotografiado  a “auténticas” hadas. El engaño era de lo más burdo, ya que las “hadas” no eran mas que recortes de revistas. Pero a pesar de las advertencias de Houdini, Conan Doyle creyó firmemente que se encontraba frente a un hecho sobrenatural. La amistad entre ellos se vio gravemente dañada cuando la esposa de Conan Doyle, que presumía de ser médium, le dio una carta supuestamente dictada por su madre muerta desde el más allá. El problema era que la carta estaba escrita en inglés, idioma que la madre de Houdini nunca aprendió. Ella sólo hablaba yiddish.

     El incidente de las “hadas” y el asunto de los espiritistas hicieron que Harry Houdini fuera el iniciador de un movimiento para desenmascarar los supuestos hechos sobrenaturales y que se constituían en fraudulentos negocios. Este movimiento, no siempre entendido o articulado como tal, fue continuado años más tarde por otro mago: el canadiense James Randi. Además de su carrera como ilusionista, The Amazing Randi se dio a conocer cuando desenmascaró al “psiquico” israelí Uri Geller, el cual saltó a la fama en la década de los ochentas al presentar un acto donde doblaba cucharas supuestamente con el poder de su mente. Randi retó a Geller a repetir su acto en un programa de televisión, sin que este tuviera acceso previo a las cucharas que supuestamente doblaría. Bajo la experta mirada del mago, el “psíquico” no pudo realizar sus mañosas trampas y no logró doblar una sola. Argumentó que sus “poderes” se debilitaban ante la presencia de los escépticos. ¡Qué casualidad!. Geller demandó a Randi por una suma millonaria, pero perdió el caso estrepitosamente. James Randi fundó una organización para la investigación de hechos “paranormales”, la James Randi Educational Fundation (JREF) una organización sin fines de lucro que tiene la finalidad de educar a la gente y a los medios acerca de afirmaciones acerca de hechos supuestamente sobrenaturales. Incluso estableció un premio de un millón de dólares para la persona o personas que lograran reproducir cualquier clase de hecho sobrenatural en condiciones de laboratorio. Muchos han aceptado el reto, pero nadie ha podido llevarse el millón. Al igual que la JREF, existen otras organizaciones de escépticos como el Committee for Skeptical Inquiry (CSI) y muchas otras distribuidas por todo el mundo Y todas ellas, al investigar algún supuesto caso paranormal, tienen entre sus expertos a un mago, para evitar la utilización de técnicas de prestidigitación en afirmaciones de este tipo.


     La magia, el arte del engaño,  es entonces una herramienta para evitarlo. Se convierte así en un auxiliar de la ciencia, en un medio para evitar los sesgos cognitivos que dan una visión distorsionada de la realidad. Para mí, la magia se ha convertido en el punto de partida para toda una forma de ver la realidad, de entender que nuestros sentidos y nuestra percepción pueden ser engañados fácilmente y que necesitamos de medios para evitarlo. Estos medios son el pensamiento crítico y el razonamiento científico. Sin ellos, estamos perdidos ante la publicidad, los fraudes, la pseudociencia, los eslogans políticos, las medicinas “alternativas” y toda clase de modas que ponen en peligro nuestra salud, nuestro patrimonio y hasta nuestra posición política. 

     A veces me han preguntado si mi escepticismo no interfiere con mi vida “espiritual”. No se exactamente a que se refieren con eso de mi “espiritualidad”, pero si se que tengo una intensa vida interior. Puedo maravillarme ante una puesta de sol, puedo sentirme fascinado ante la idea del inmenso universo con sus galaxias, quasars y hoyos negros, puedo emocionarme ante el crecimiento de un diente de león en la grieta de una banqueta o ante un cachorro jugando. Me siento conectado a ellos, a ese inmenso universo, pero sin tener necesidad de “milagros” sobrenaturales ni seres fantásticos ni “energías” sutiles. La realidad me parece fascinante así como es. Pero para conocerla hay que despojarnos de esos lastres cognitivos, de esas trampas mentales, de esas ilusiones engañosas. Y para llegar a esto, la magia, con sus palomas que aparecen, sus sombreros de copa llenos de conejos y sus varitas mágicas, ha sido esencial en mi vida.


    Hace más de 50 años mi hermano hizo un truco con una bolsa de papel. Este sencillo acto determinaría, cual efecto mariposa, la manera por donde se conduciría mi vida. Ese fue el verdadero acto de magia.



(Dele click al enlace para ver mi rutina consentida)



miércoles, 20 de abril de 2016

El virus de los antivacunas ataca de nuevo


Hace unos días, una muy querida amiga, talentosa artista que reside en el extranjero, me bloqueó de su cuenta de Facebook, algo que entiendo como la manifestación de su deseo a no saber más de mí ni tener más comunicación conmigo, al menos por esa red de uso cada vez más extendido. Mi amiga (a la que sigo considerando como tal, pese a todo), a la par que comparte y publica interesantes artículos sobre arte, es una entusiasta “compartidora” (¿se dirá así?) de publicaciones que tienen que ver con conspiraciones, curas milagrosas para el cáncer, “pruebas científicas” de la existencia del más allá y “evidencias” que demuestran que los extraterrestres habitan entre nosotros desde hace siglos. No me preocupa que haya compartido una publicación que “denuncia” que Barak Obama es homosexual y que su esposa Michelle es transexual, ni aquella donde dice que un “cientifico” ha demostrado que en realidad vivimos dentro de un holograma. No reaccioné ante sus publicaciones acerca de los “chemtrails”, supuesta conspiración que involucra a las aerolineas y todo su personal en la malévola tarea de regar peligrosas sustancias químicas utilizando todos y cada uno de los vuelos comerciales, con la finalidad no muy clara de propagar enfermedades, controlar el clima mundial, “lavar el cerebro” de la humanidad entera o las tres juntas. Pero posteó algunas publicaciones que debo admitir que me molestan mucho: aquellas que afirman que las vacunas son peligrosos causantes de autismo y de quién sabe cuanta cosa más. Me molestan mucho por falsas, manipuladoras, alarmistas y carentes absolutamente de fundamento científico. Y me molestan mucho más, porque a diferencia de lo inofensivo que pueda ser la puesta en duda de las preferencias sexuales de Obama, la afirmación de que los niños no deben ser vacunados me parece obscena, inmoral y peligrosa.

     El movimiento anti-vacunas, o antivaxxer en inglés, surgió a raíz de la publicación en 1998 de un artículo del ex-cirujano e investigador británico Andrew Wakefield en la que afirmaba que la aplicación de la vacuna triple vírica (la que protege contra el sarampión, las paperas y la rubéola) y la aparición de casos de autismo y enterocolitis estaban relacionados. La ex-modelo de Playboy y actriz norteamericana Jenny McCarthy, novia  en ese entonces del actor Jim Carrey, culpó a la vacuna de haber “causado” el autismo de su hijo y se convirtió en el rostro visible del movimiento. Varias celebridades (y ningún científico especialista) se unieron al escándalo. El seguidor más reciente es el actor Robert de Niro. 

Historia de un fraude
     Según Wakefield, el componente de la vacuna triple causante del autismo es el timerosal, un compuesto organomercúrico que se añade como antiséptico y antifungal. Cuando las celebridades y sus seguidores, sin ningún conocimiento científico, escucharon la palabra “mercurio”, pusieron el grito en el cielo. ¿Acaso no es el mercurio un peligroso tóxico, causante de múltiples envenenamientos por consumir alimentos (especialmente pescado) y agua contaminados? Y es aquí donde el analfabetismo científico cobra su precio: el mercurio metálico es extremadamente tóxico, pero cuando está combinado con otros elementos es completamente inocuo. El timerosal al entrar al cuerpo se descompone rápidamente en etilmercurio y otros componentes y es eliminado. No se acumula en los tejidos, como afirman los antivaxxers. El etilmercurio no es igual al metilmercurio, siendo tóxico este último. Para que mis queridos lectores no se espanten con los nombres químicos, sólo pondré como ejemplo las diferencias entre el alcohol etílico, que lo único que provoca es una soberana peda, de proporciones variables a la cantidad ingerida, mientras que el alcohol metílico causa graves daños al sistema nervioso, especialmente al nervio óptico, razón por la que las víctimas de las bebidas alcohólicas adulteradas con alcohol metílico, llamado “industrial”, quedan ciegas cuando no mueren. El terrible villano timerosal tiene un nombre comercial que seguramente reconocerá: merthiolate. Sí, aquel líquido rosa-anaranjado que nuestras madres nos ponían cuando nos raspábamos las rodillas. Pero en ese entonces, nadie le tenía miedo al merthiolate, excepto aquel al que se lo aplicaban, porque ardía como el carajo.

     Después de la publicación del artículo de Wakefield, en la prestigiosa revista científica The Lancet, vinieron las revisiones a sus datos y metodología, como es habitual en los medios académicos. Se encontró que la investigación tenía graves fallas: en primer lugar, la muestra era demasiado pequeña: solo doce niños formaron parte del estudio. Pero el problema más grave era que Wakefield tenía lo que se llama conflicto de intereses. El entonces médico pensaba ganar millones de dólares vendiendo un test para diagnosticar “enterocolitis autística”, una enfermedad inventada por él mismo. También pensaba encabezar litigios millonarios por los supuestos daños causados por las vacunas. En 2010 un tribunal británico lo encontró culpable de 32 cargos, cuatro de ellos por fraude, doce por abuso a niños con discapacidades y otros más por práctica no ética. Se le revocó la licencia para ejercer la medicina. The Lancet retiró la publicación del artículo. Otras revistas y organizaciones científicas aclararon que todo había sido un elaborado fraude.

El contagio de los antivaxxers.
     Pero el daño ya estaba hecho. Las celebridades involucradas continuaron con su campaña de desinformación, completamente inmunes a las evidencias que se les presentaban. El timerosal fue retirado de casi todas las vacunas, a pesar de que no se encontró ninguna relación con autismo u otra afección. Como era de esperarse, el retiro del timerosal no redujo en lo más mínimo el índice de aparición de casos de autismo. Lo más grave fue que se sembró la duda entre la gente ante cualquier vacuna. Apareció la idea de que existe una gran conspiración que involucra a la OMS, a las farmacéuticas y a todos los médicos del planeta para seguir inyectando peligrosas sustancias en los niños, con quién sabe qué malvados fines. La imagen del “científico loco” que quiere adueñarse del planeta se ha metido en la mente de muchas personas que ven con desconfianza a la ciencia mientras, paradójicamente, utilizan con gran entusiasmo toda clase de gadgets tecnológicos que son fruto, precisamente, de la ciencia a la que miran con recelo.

    Los hechos están ahí, visibles y al alcance de quien quiera consultarlos: las vacunas han reducido dramáticamente la aparición de enfermedades terribles. Algunas están muy cerca de ser erradicadas. Y esto no son sólo números y estadísticas: en nuestra vida cotidiana podemos ver que ya no hay casos de tosferina, ni sarampión, ni poliomielitis. Cuando yo era niño (nací en 1961), todavía vi personas que habían sido atacadas por la poliomielitis, con muletas, paralizadas de por vida. Ya no hemos conocido casos de niños que mueran asfixiados ante la vista de sus desesperados padres a causa de la tosferina. Sin embargo, abundan los sitios de internet que afirman que las vacunas no sirven para nada, que las enfermedades que supuestamente combaten, desaparecieron por sí solas, que los niños corren graves peligros si son vacunados.

     Esta desinformación y su propagación por las redes sociales ha tenido un costo. El sarampión hizo su espectacular reaparición, no en un empobrecido país africano o asiático. El brote significativo más reciente ocurrió en California, iniciándose en Disneylandia, una de las zonas más ricas del mundo, con 157 casos comprobados y se extendió hasta Canadá y México. En Europa la situación es peor: tan solo en Francia, en los últimos cinco años han habido más de 23000 casos. Estos números pueden parecer bajos, pero son muchos para una enfermedad que había sido ya erradicada. Mientras haya más niños sin vacunar, mayor es el riesgo de que surja un brote que puede tardar varios años en ser controlado y que puede causar muertes que son evitables.

    Para quien no lo sabe o no lo recuerda, el sarampión es una enfermedad viral, altamente contagiosa, sin tratamiento específico. Esto quiere decir que, una vez que un niño sin vacunar ha sido infectado, no hay nada que impida el desarrollo de la misma. En la mayoría de los casos, el sistema inmunológico detiene la infección. Pero hay algunos pocos casos en lo que se puede complicar con neumonía o encefalitis y puede causar sordera o la muerte.

Rompiendo lanzas en Facebook
   En varias ocasiones me he enfrascado en discusiones por FB acerca del asunto de las vacunas. Madres de familia me han argumentado que sus hijos no fueron vacunados y que son “de los más sanos” y que en cambio otros niños, que fueron vacunados “son muy enfermizos”. Ahí me doy cuenta que no tienen ni puta idea de qué son y cómo funcionan. Las vacunas no son para hacerlo a uno “más sano”. Un niño sin vacunar, cachetón y colorado, puede ser atacado por alguna enfermedad prevenible, mientras que otro, tilico y enfermizo, pero con la vacuna específica, no le va a pasar nada. Yo les digo que es como traer a sus niños en el coche sin cinturón de seguridad. Mientras no choquen, no hay problema. Pero en el lamentable caso de que choquen, van a salir disparados por el parabrisas. Me han dicho que sus hijos no están vacunados y que no les ha pasado nada. Les digo que qué bueno, pero que es cuestión de suerte. Me han dicho que han habido casos en los que las vacunas causan alguna reacción adversa. Y les digo que es cierto, que toda vacuna, como cualquier procedimiento médico, conlleva un riesgo. Pero este riesgo es bajísimo en comparación con el riesgo de adquirir alguna de estas enfermedades. Muchísima gente muere en accidentes automovilísticos y, hasta ahora,  no ha habido una campaña para dejar de usar los autos. De hecho, el niño que lleven a vacunar corre mucho más riesgo en el trayecto a la clínica u hospital que la vacuna misma. La vida es así, la vida es riesgo. Pero si se pueden evitar los riesgos mayores, pues mucho mejor. También me han dicho conocer de casos de niños que después de haber sido vacunados presentaron algún síntoma inusual o, en el peor de los casos, signos de padecer autismo. El que B ocurra después de A, no quiere decir que A sea la causa. Esta es la llamada falacia de correlación. Los signos o síntomas pueden tener causas completamente ajenas a la aplicación de las vacunas.

     Estas discusiones han subido de tono, y una respetable señora, que por cierto no tengo el gusto de conocer y que recomendaba tecitos de equinacea como preventivo para todas las enfermedades, me acusó de ser pagado por la OMS y por las compañías farmacéuticas. Ojalá. Si me pagaran por defender las vacunas y la ciencia que está detrás de ellas, sería muy feliz. Pero no es cierto. Las defiendo porque he leído y porque conozco sus efectos. Las defiendo porque ya no conozco a nadie que esté inválido a causa de la poliomielitis, ni he visto niños retorciéndose por el tétanos, ni asfixiándose por la tosferina. Las defiendo porque todos mis sobrinos están vivos, dando lata y haciendo lo que tienen que hacer sin que les haya afectado alguna de las enfermedades que hasta hace unas cuántas décadas eran principal causa de muerte infantil. Las defiendo porque admiro el trabajo de científicos, médicos y enfermeras en las campañas de  vacunación, porque admiro a científicos como Jonás Salk, que habiendo inventado la vacuna contra la poliomielitis, se negó a patentarla.

Armas contra la desinformación
     Vivimos en una época en la que se ha dicho que el internet ha democratizado el conocimiento al ponerlo al alcance de todos los que tengan acceso a él, que aunque no son todavía los que deberían, son muchísimos. Pero poco se ha dicho acerca de la capacidad que esta tecnología tiene para alejar a la gente del verdadero conocimiento por medio de la desinformación, las leyendas urbanas, los bulos, los rumores, los miedos infundados, la desconfianza al conocimiento y el rechazo a la ciencia. La humanidad produce tal cantidad de información, que nuestro cerebro, un órgano prodigioso que nos ha convertido en los seres pensantes que somos, con toda nuestra compleja civilización, ya no es capaz de procesarla y recurre a artilugios mentales como la simplificación, la generalización, el ver la realidad en blanco y negro. Digamos, para utilizar una metáfora que será entendida de manera muy fácil, que nuestro cerebro tiene un sistema operativo de hace más de 100 000 años y ya no corre bien con los nuevos programas. Sin embargo, desde hace unos pocos siglos, algunos humanos desarrollaron un app que funciona muy bien para adquirir conocimientos confiables y comprobables. Este app solo lo tienen instalado algunos humanos, que son los que nos han llevado hasta donde estamos: es el pensamiento científico. Ya es tiempo de que todos nos instalemos ese app. No quiero decir que todos debamos estudiar ciencias y hacernos científicos. Pero sí debemos aprender a utilizar el pensamiento científico y entender cómo funciona la ciencia. Es algo urgente, si queremos sobrevivir al tsunami de desinformación que soportamos día con día y que nos pone en verdadero riesgo como especie. Lo contrario al conocimiento no es, como pudiera pensarse, la ignorancia, sino la ilusión de conocimiento. Y el internet es pródigo en hacernos caer en esta ilusión.


     Mi amiga es inteligente, brillante en su campo, con un alto grado de estudios académicos. ¿Qué ocurre entonces? Que la desinformación ataca a cualquiera, sin importar su nivel de educación, aprovecha los fallos que tiene la mente para procesar un exceso de datos y se instala formando un sistema de creencias, una suerte de malware que impide ver la realidad con claridad. Mi amiga solamente ha sucumbido al bombardeo de desinformación que padecemos, a la seducción de datos presentados de manera simplista y atractiva. El cerebro de las personas promedio, no es muy bueno procesando números, estadísticas y datos complejos. Es mucho más fácil ajustarse a las generalizaciones de un sistema de creencias que además está conectado a nivel neurológico con las emociones. Por eso, ella se enojó conmigo al señalarle los peligros de difundir desinformación relativa a un asunto tan delicado como es la salud de los niños. Le ofendió mi insistencia en el pensamiento racional. En verdad lo lamento. Pero no voy a dejar de hacerlo. Voy a seguir señalando lo que los hechos señalan, más allá de mi propia opinión personal, como errores graves y peligrosos. Tú, que lees estas líneas, espero compartas conmigo mi amor por la verdad y no te cierres a la discusión respetuosa pero informada. Nuestra arma común es la razón.


martes, 22 de marzo de 2016

Mis cincuenta y cinco: algo de lo que he aprendido.

Pues he llegado a la mitad de mi quinta década en este mundo. No es exactamente la mitad, ya que eso ocurrirá cuando cumpla 56, pero la repetición de cincos parece corroborar la llegada a un cierto nivel, un par de cincos que machaconamente me dicen que la juventud hace rato que quedó atrás. No es de extrañar entonces, que me pidan credencial del INSEN cuando compro boletos de autobús o que en la calle ya no me den volantes anunciando escuelas, pero que corran a alcanzarme para darme los que anuncian funerarias. Ni modo. Debo aceptarlo. Para hacerlo, tal vez este sea buena idea  voltear atrás y ver el camino recorrido, el grueso libro que han formado los días de mi calendario: 

He vivido 20089 mañanas con sus tardes, y he tenido el mismo número de ocasiones para soñar. He tenido la fortuna de poder asomarme al mundo y viajar a una veintena de países solo para darme cuenta que he visto muy poco. He tenido cientos de amigos y he conservado a los que son verdaderos tesoros. He amado y he dejado de amar. Me han amado y me han dejado de amar. No fui padre, pero he cuidado con devoción varias decenas de perros, cinco gatos, tres conejos, doce pericos australianos, un pichón que me odiaba porque traté de meterlo a un arnés para aparecerlo en un acto de magia, cinco palomas habaneras que en cambio lo hicieron muy bien; un hámster, varios cientos de peces de distintas especies, varios cangrejos ermitaños, uno o dos ajolotes, una media docena de ranas, seis tortugas verdes, tres de las cuales alcanzaron la edad adulta; una serpiente de agua y un escarabajo maquesh yucateco al que le quité los adornos que le pusieron para convertirlo en un prendedor viviente  y que vivió un par de años en un terrario que le hice, con ramas, musgo y hojarasca, supongo que felizmente, aunque no estoy seguro porque nunca demostró estar muy contento.  

En la vida he cometido errores gigantescos y aciertos más bien modestos. Por mi profesión, he estado en el escenario miles de veces. Si me hubieran dado un peso por cada aplauso recibido, ahora sería millonario. Pero si me descontaran un peso por cada error, cada nota equivocada, cada diálogo olvidado, tal vez no quede nada o hasta salga debiendo… Pero esas equivocaciones, insignificantes unas y descomunales otras, son las que me han hecho mejorar, o al menos tratar de no repetirlas. ¿Qué es la vida, sino la ocasión para meter la pata una y mil veces, con sus respectivas oportunidades de aprender? Y en 55 años se han acumulado kilos de experiencia que me han hecho aprender…

He aprendido algunas cosas, útiles e inútiles, trascendentales unas, irrelevantes otras. He aprendido, por ejemplo, que siempre vale la pena dar un paseo, que es bueno reírse de uno mismo, que hay que leer lo más posible; que no hay que guardar chocolates en los bolsillos, que hay que mirar al cielo, que hay que viajar ligero, que cuando se está a más de tres kilómetros de casa hay que usar cualquier baño que se encuentre, con ganas o sin ellas; que si no hay algo bueno que decir, lo mejor es no decir nada, que es bueno traer kleenex o servilletas en las bolsas, pero que no hay que olvidar sacarlas, sobre todo cuando se va a lavar la ropa; que hay que llamar de vez en cuando a los amigos, que hay que probar toda comida nueva, que no es bueno acumular triques, que hay que evitar el sol directo, que es bueno tener un paraguas…

He aprendido que no hay que componer lo que no está descompuesto, que no hay que dormir cuando se tiene diarrea, que no hay que guardar comida en el equipaje documentado, que siempre hay que tener antiácidos, que no es posible ser amable en exceso, que es bueno hacer reír a los niños, que siempre hay que estar aprendiendo algo nuevo; que hay que leer por completo todo papel que se firme, que hay que caminar siempre que sea posible; que es bueno acariciar a un perro o un gato, que hay que cuidar las rodillas; que hay que cantar siempre que se pueda; que el pan y las cebollas no hay que cortarlas apoyándolos en la mano; que hay que mirar a los ojos a las personas con las que hablamos, que antes de salir de casa hay que consultar al intestino; que si alguien nos saluda hay que devolver el saludo, aunque no sepamos quién es la persona que nos saluda; que ver morir a un amigo es como perder a un hermano; que perder a un hermano es como morir uno mismo…

Ahora se que es buena idea guardar las bolsitas de catsup, pero no hay que dejarlas en los bolsillos; que no hay que dar consejos si no nos los piden, que hay que vacunarse; que hay que vacunar a perros y gatos; que hay que pelearse con los que no quieren vacunar a los niños; que hay que arreglar lo que sea posible y aceptar que hay cosas que no se pueden arreglar; que hay momentos en que hay que apagar el celular, pero hay que llevar siempre un cargador; que hay que olvidar cuando se haga un favor, pero no olvidarlo cuando nos hagan uno; que las tarjetas de crédito son trampas peligrosas, que hay que ceder el asiento a los ancianos, porque estamos a un paso de serlo; que no hay que estrenar zapatos cuando se viaja, que no hay que decir todo lo que se piensa, que hay que aceptar que hay gente a la que no le gustamos, que hay que enseñar todo lo que se sabe, que hay que saber perdonar y perdonarse…

He visto que no hay objetos más hermosos que los instrumentos musicales, pero su belleza hay que buscarla en nuestro interior; que hay que comer más fruta y verdura, pero los mangos son un batidillo; que hay que aprender a poner inyecciones, que es bueno llevarse los shampoos de los hoteles, pero no cuando se comparte habitación; que hay que rescatar las cosas del empeño; que cuando se está enojado, lo mejor es no abrir la boca; que es una fortuna tener hermanos; que hay que checar dos veces si metimos la ropa interior en la maleta; que ni el tiempo ni lo que se diga se pueden regresar, así que hay que cuidar mucho ambos; que no hay que guardar nada para después, que las papas fritas  hay que comérselas de inmediato; que los calzones sin resorte no son buenos; que si la memoria va a servir para guardar rencores, es mejor entonces ser desmemoriado…

Se que es bueno usar sombrero, pero hay que saber donde ponerlo; que hay que ser desconfiado, pero no parecerlo; que no se llega a ningún lado en una bicicleta fija y que tarde o temprano se convertirá en perchero; que la próstata me ha dicho que está ahí y que su revisión es inminente; que siempre hay que sacar fotografías, que hay que cargar siempre con un libro, que no hay que guardar los lapiceros que no sirvan, que hay que reforzar los botones de abajo de las camisas, que hay que llamar a nuestros seres queridos, que cuando llegue la ocasión de ser valientes, por lo menos hay que fingir serlo…

Ahora estoy seguro que la ciencia y el pensamiento racional son grandes herramientas para no perder tiempo, dinero y emociones en pendejadas; que hay que andar en bicicleta, pero en las de a de veras; que si hay dinero, lo mejor es gastarlo en experiencias y no en objetos; que cuando se cargan maletas hay que recogerse el pelo;  que siempre hay que llevar un lapicero, que hay que saber pedir ayuda y tener el tacto para ofrecerla; que si se aprende malabarismo, hay que practicar lejos de la cocina… 

Pero sobre todo he aprendido  que ese viejo gordo que me mira desde el espejo soy yo y que para eso no hay remedio…


Quisiera pensar que estoy en la mitad de mi vida, pero creo que eso sería pecar de optimismo. El final se acerca, pero si lo pienso bien, no ha dejado de hacerlo desde mi primer día. Espero sinceramente que todavía esté lejos, así que trataré de seguir por aquí, maravillándome de este mundo, tratando de entenderlo, amando a los que me quieren y a los que no también, aunque un poco menos. Creo que todavía hay mucho que dar, mucho que aprender, mucho que decir, mucha música que tocar, muchos escenarios por pisar. Tal vez lo mejor está por venir. Pero si no es así, no importa: lo vivido hasta aquí ha valido la pena, tanto lo bueno, como lo malo. Se que llegará el día en que este recuento llegue a su momento final. Entonces me prepararé, haré un recuento final, miraré por última vez el cielo…  y me tragaré medio kilo de maíz palomero. Así, cuando me incineren, brincarán las palomitas y esa será mi última risa con la que estaré diciendo adiós…

jueves, 10 de marzo de 2016

Caruso, el perro cantor


Lo conocí hace ya casi seis meses, un sábado por la mañana. A esa hora, Real del Monte comienza a llenarse de visitantes, turistas que buscan recorrer sus callejuelas, sentir el frío del bosque que rodea al pueblo, escuchar las historias del pasado inglés y comerse un paste, lo más representativo de la gastronomía local. Para poder mostrar mis habilidades artísticas sin intermediarios de ningún tipo y para complementar mis gastos suelo ir los fines de semana a este pueblo mágico para tocar la gaita y a hacer un pequeño espectáculo de magia como entretenimiento para los turistas.

Estaba tocando frente a la iglesia principal, cuando Caruso llegó aullando. De talla mediana, color café y sutilmente atigrado, no parece pertenecer a ninguna raza canina -o puede pertenecer a todas-. De inmediato llamó la atención y salieron a relucir las cámaras y celulares para capturar la insólita escena: un curioso sujeto, de pelo y barba blancos, ataviado con un bombín, tocando un instrumento musical inusual por estas latitudes, acompañado por los aullidos sentimentales de un perro. Si dejaba de tocar, el dejaba de aullar y entonces se dedicaba a saludar a todos los presentes con vigorosos movimientos de cola. En cuanto los gemidos de mi gaita comenzaron de nuevo, el también, como un músico de sinfónica, se sentó a mi lado y con absoluta concentración se dispuso a mejorar mi interpretación de xotas y muñeiras gallegas con su canción, a veces vigorosa, condimentada con ladridos, otras veces melancólica, con sus belfos plegados y apuntados al cielo como en oración. Los donativos no tardaron en llenar el estuche de mi gaita, que utilizo para recoger la solidaridad del público. De pronto, atendiendo quién sabe que llamado, se marchó corriendo y se perdió por entre los callejones. No me dio tiempo de compartir con él las ganancias obtenidas por nuestro concierto.


Todo un artista canino
Por razones de trabajo, no regresé a Real del Monte, sino varias semanas después. Y luego de hacer sonar mi gaita por unos minutos, Caruso, que no sabía -ni sabe- que así lo he bautizado, volvió a irrumpir, haciendo su misma “entrada triunfal”, aullando y moviendo la cola, como un malabarista al entrar a la pista del circo. Otro breve concierto de gaita y acompañamiento canino, más fotos y risas de turistas y transeúntes entusiasmados. Aprovechando la pequeña multitud que se formó, quise iniciar mi espectáculo de magia, pero Caruso pareció no estar de acuerdo, o a al menos no se mostró dispuesto a cederme la atención. Simplemente se paró sobre sus dos patas para husmear -y tirar al suelo- mis herramientas de trabajo que estaban en una mesita que llevo para realizar mis rutinas mágicas, Mientras yo apurado recogía vasos de cobre, pelotas de distintos tamaños y mi infaltable “varita mágica”, él socarronamente se apropio del estuche de mi gaita y se fue con él, dejando un reguero de monedas… No se lo llevó sino que simplemente se echó a mordisquearlo mientras yo me afanaba en recoger todo lo que había tirado, haciendo las delicias del respetable que reía ante la inesperada actuación de los dos insólitos payasos.

Poco a poco he aprendido a negociar con Caruso: toco la gaita un rato, lo suficiente para juntar un cierto número de espectadores y para que aparezca quién sabe de donde; hacemos un breve aunque sentido concierto y luego se echa en la funda de lona de mi mesita, que coloco especialmente con ese fin, mientras aparezco y desaparezco bolitas y pelotas debajo de tres vasos de cobre y mi sombrero bombín. Al finalizar mi show vuelvo a tocar la gaita y él se incorpora perezosamente para hacer su actuación. Ya hecho todo un divo, a veces  hace su interpretación así, recostado y hasta revolcándose con alegre flojera. A veces se levanta y hace alguna travesura, como robarse una botella de agua o alguna gorra o guante. O se le encima a algún espectador. La gente me mira, pensando que es mío. Yo les digo que no, que Caruso trabaja por su cuenta. No lo hace por maldad, sino por excesiva cordialidad…

Luego de tocar la gaita y hacer mis trucos de magia, me dirijo a Finca Real Café, un establecimiento donde amenizo y enriquezco la degustación de cafés y tisanas mediante la interpretación de jazz, boleros y otros géneros, en saxofón, un instrumento mucho más discreto que la estridente gaita. Y Caruso, ya hecho todo un melómano, vuelve a salir de algún rincón del pueblo y se mete al café para acompañarme nuevamente, no sea que mi concierto, sin su compañía, pierda el brillo de nuestras ejecuciones en la calle.

Un futuro incierto

He tratado de averiguar si Caruso tiene casa, tal vez hasta otro nombre y un dueño, pero no he logrado nada. Me he enterado -no sin ponerme algo celoso-, que suele acompañar a otros músicos callejeros. La gente sabe que anda deambulando por todo el pueblo y seguramente se las arreglará para guarecerse de los helados vientos que con frecuencia corren por ahí. No se ve flaco, ni maltratado, por lo que creo que se las ha arreglado para hacer de su extrema cordialidad su forma de vida: los turistas le convidan pastes o los restos de otros bocadillos. En otros tiempos -y con otra casa-, no hubiera dudado en adoptarlo de manera permanente, pero me pregunto si en la estrechez de una casa urbana estará tan contento como se ve que está en las calles de Real del Monte, con sus vagancias y correrías, sus zalamerías a los turistas y, sobre todo,  sus magníficos conciertos. Tengo miedo de un día llegar y no encontrarlo. Me asusta la posibilidad de que en alguna de sus aventuras abandone la relativa seguridad de las estrechas calles realmontenses y se acerque a la peligrosa carretera. Temo que un día, algún funcionario del ayuntamiento, sin visión y sin sensibilidad, lo vea como un problema urbano y no como el artista que es y se lo lleven sin miramientos a la perrera. La historia de Caruso no tiene un final, porque está en curso. Solo pido a los realmontenses, a los visitantes de ese pueblo mágico, que le den comida, que le ofrezcan un poco de agua, que le den refugio. Pido a mis colegas artistas callejeros, que lo veamos como un compañero de trabajo y que lo cuidemos y protejamos. Pido a las autoridades del Ayuntamiento de Real del Monte y a las sociedades protectoras locales que se le expida una credencial o reconocimiento como un atractivo más de los que tiene el pueblo y se le de la protección que merece. Y al buen amigo Caruso no le pido nada, más que siga siendo él mismo, así, encimoso y zalamero, amigable pero libre  y que siga acompañándome en nuestros ya entrañables conciertos.


martes, 1 de marzo de 2016

Cuba: de teléfonos y revoluciones.


1. El faro del idealismo
La primera vez que fui a Cuba fue en 1984. En ese entonces yo era estudiante en la Escuela de Música, había pasado por la Facultad de Filosofía y Letras y estaba por ingresar a la UAM. La Guerra Fría estaba en su apogeo, varios países latinoamericanos padecían dictaduras militares y tenía amigos exiliados de esos mismos países. Cuba era un referente para los que pensábamos que un mundo más justo era posible. Oía música cubana y me sabía varias canciones de Silvio Rodríguez  y Pablo Milanés, máximos representantes de la Nueva Trova Cubana. El viaje era para corroborar que aquel sistema estaba más cerca de ese mundo ideal. Y efectivamente, yo creí que lo estaba: tenía grandes aciertos como un sistema de salud pública eficiente, educación desde preescolar hasta universidad completamente gratuita, una libreta de racionamiento que aseguraba que cada cubano recibiera una despensa modesta pero suficiente, un sistema en el que los artistas tenían asegurado un sueldo decente. La vivienda era austera pero nadie vivía en la calle; los alquileres no podían sobrepasar el 10% del total de ingresos. El ideario del Ché estaba escrito en los muros. La Habana tenía el encanto de ser una ciudad esplendorosa con algunos problemas por la pintura descascarada.

Los cuestionamientos de los críticos de la Revolución me parecían ridículos: los cubanos no podían comprar jeans ni objetos suntuarios que se vendían en dólares en las tiendas para turistas. En ese viaje cerré los ojos a la manera temerosa en la que los cubanos bajaban la voz para hacer algún comentario crítico. Era cierto: había un control político férreo, policiaco, pero a cambio de muchos beneficios. Seguí siendo un entusiasta defensor de la Revolución y compraba los discos de Silvio y Pablo apenas salían.

2. Aferrado a un sueño.
Mi segundo viaje (o más bien serie de viajes) ocurrieron 10 años después. El Muro de Berlín había caído, la Unión Soviética se había desintegrado y los gobiernos del bloque socialista iban cayendo uno a uno. Como la URSS era el principal comprador y sostén de la economía cubana, se había iniciado lo que llamaron oficialmente el “Periodo Especial”, una época de incontables carencias. Comprar cosas tan simples como una barra de jabón o unas piezas de pan podía ser una verdadera complicación. No había gasolina para los autos, pero se podía comprar alguna en el mercado negro. Había tráfico ilegal de las cosas más cotidianas. Había restaurantes clandestinos, llamados “paladares”, que funcionaban en casas cerradas. La corrupción campeaba en cada esquina. La ciudad estaba obscura, había un sistema de cortes de electricidad de tal manera que sólo había durante pocas horas al día. Durante varias semanas viví en carne propia lo que era vivir en una economía devastada. Admiré la heroicidad del pueblo cubano para aguantar todas esas carencias. Pero seguía creyendo que lo mejor era lo que decía Pablo en sus canciones: “Yo me quedo, con todas esas cosas, pequeñas, silenciosas…” y “Creo en ti, lleno de contradicciones, presto a soluciones…” Hacía poco que había pasado aquel  incidente en donde cuatro altos militares, excombatientes revolucionarios en misión de solidaridad con Angola en su guerra contra Sudáfrica habían sido fusilados al descubrirse que estaba involucrados en el tráfico de drogas, marfil y diamantes. Se estaba luchando contra esa corrupción -pensaba- y toda la culpa la tenía el bloqueo norteamericano.

3. Las grietas.
Durante los veinte años que pasaron hasta mi siguiente viaje, el mito de la Cuba revolucionaria, socialista e igualitaria se fue desdibujando, destiñiéndose lentamente. Supe de las contradicciones entre el socialismo utópico y el socialismo real. Supe de los cambios, lentos e insuficientes, que parecían querer aminorar ese lento pero continuo deterioro en la calidad de vida de los cubanos. Pero sabía que el sistema de salud y el educativo seguían siendo los mejores de Latinoamérica y el mundo. Que sus artistas, al tener un sueldo fijo, podían dedicarse de lleno a su trabajo. Supuse que había carencias, pero que el Periodo Especial ya había pasado y que las cosas tendían a mejorar, más aun con el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos.

4. Una realidad que golpea directo a la cara.
Hace unos días me reencontré con una Habana llena de contrastes: las áreas turísticas remozadas, negocios particulares como restaurantes y salones de belleza que parecen florecer. Pero en otras partes encontré más ruinas: edificios que alguna vez fueron esplendorosos, cayéndose a pedazos. Hay partes de la ciudad, céntricas, pero un poco hacia el interior de las grandes avenidas, que parecen los escenarios de esas películas apocalípticas donde la humanidad ha desaparecido y las ciudades se van cubriendo lentamente de vegetación. La diferencia es que aquí sí hay gente, y esos edificios derruidos sí están habitados. Dos sistemas monetarios funcionan de manera paralela: los pesos cubanos y los CUC (nunca pude averiguar el significado de las siglas; se que alguna de esas “C” se refiere a “convertible”), con una paridad de 25 pesos cubanos por cada CUC; a su vez, un CUC vale aproximadamente un dólar. En las tiendas -todas. ya no hay tiendas exclusivas para turistas- se puede pagar en ambas monedas, pero se da preferencia a los CUC: para tomar uno de los famosos helados Coppelia, puede uno pasar directamente a comprarlo pagando con CUCs… o hacer una fila interminable si se quiere pagar con pesos cubanos.

5. El celular perdido.
Hicimos nuestras funciones de “Baños Roma” en un teatro que es sede de una compañía teatral, “El Ciervo Encantado”. Nuestro trabajo fue bien recibido y, al terminar la última función nuestras amables anfitrionas nos sugirieron ir a “Las Vegas”, un antro que nos describieron ellas mismas como “decadente, con un show de travestis de lo más bajo y un cuerpo de baile más bajo todavía”. Querían mostrarnos “los bajos fondos” de La Habana. El interés fiestero y el antropológico se mezclaron y acudimos entusiasmados a dicho lupanar. La entrada costaba 3 CUC y nos dijeron que estaba prohibido tomar fotos y video. Entramos a un lugar estrecho, atestado por un público conformado mayoritariamente por parejas de hombres homosexuales. La mesa que ocupamos estaba muy atrás y desde ahí no se podía ver el escenario, así que en cuanto empezó el show, nos levantamos para poder ver. Yo me ubiqué estratégicamente detrás de una columna, de tal modo que inclinándome por un lado, podía ver casi la mitad de la pista de baile. El espectáculo principal estaba a cargo de Margot, un travesti que contaba chistes y simulaba cantar canciones conocidas con una pista sonora. Se alternaba con otro travesti que solo “cantaba”. De cuando en cuando, gente del público se levantaba a poner billetes en el escote de las artistas, a pesar de que una de ellas llevaba un vestido de cuello alto, muy ajustado, pero sin escote, así que los billetes se los ponían directamente en el cuello. También hubieron algunos números de baile ejecutados por un grupo de tres hombres y tres mujeres, nada inolvidable, pero tampoco tan malo como para dar de qué hablar. Lo que me sorprendió es que pudieran bailar en un sitio tan estrecho.

Mirando el show, recargado detrás de la columna, de pronto sentí una mano que palpaba mi trasero. Sorprendido, me encontré con una mujer de lentes, no muy atractiva, que me preguntó gritando: 
-¿Tú eres gay?-. La miré extrañado y le dije que no. Luego se dirigió a Nacho, otro integrante de nuestro grupo y le preguntó lo mismo. Luego volvió conmigo: 
-¿Y entonces que haces aquí?-. Sólo me encogí de hombros. Como la música estaba sonando, para hablarme se acercaba mucho y trataba de acercarme los senos. Como vio que yo la miraba más bien asombrado, me dijo: 
-Discúlpame por preguntarte que si eras gay, espero no haberte ofendido. 
-No hay problema- le dije. Se dirigió nuevamente a Nacho: 
-¿Eres gay?-. En ese momento hice el gesto habitual para verificar que mi teléfono celular estuviera en el estuche con cierre de velcro que llevo en la cintura y lo encontré vacío. Como segundos antes había sentido que allí estaba, supe que esta mujer me lo había sacado, aprovechando sus toqueteos. De inmediato me dirigí a ella con voz fuerte:
 -¡Oye corazón, devuélveme mi celular! Aquí lo tenía y tú eres la única que se me ha acercado…
-¿Tu qué? ¿Tu móvil? No, mi vida, yo no tengo nada… y me mostró las manos vacías. No llevaba ninguna bolsa y su ropa era muy estrecha para esconder algo. Pero conozco como trabajan los carteristas, que pasan de inmediato lo robado a otra persona cercana.
-Sí fuiste tú, dame mi celular- dije cada vez más enojado y alzando la voz más fuerte.
-Que no, mi amor, yo no lo tengo. Hay que tener cuidado, aquí andan robando… Esto último lo gritó, como advirtiéndole al resto de la gente. 
-Hace un rato a un chico le llevaron la cartera con su dinero…¿Dónde tienes el dinero? ¿En el bolsillo? No, tenlo en la mano para que no te roben…
En eso, no se de dónde, aparecieron dos Drag Queens de dos metros de altura. No es exageración: ambas medían dos metros y tenían como 60 centímetros de pestañas. Llevaban vestidos repletos de lentejuelas.
-Mira, son mis amigas…que a este chico le acaban de llevar el móvil, se lo han sacao
Los gigantes -o gigantas-  me saludaron y movieron la cabeza con desaprobación pero mirándome fijamente. Supe que, por mi seguridad, no debía hacer más lío… Enojado, salí con Nacho y Marina a acompañarlos a fumar un cigarro. Estaba furioso de impotencia. Después de un rato, regresé para reunirme con el grupo que ya planeaba la salida de ese lugar. La mujer de lentes se me volvió a acercar y yo instintivamente puse las manos en los bolsillos.
-¿Encontraste tu móvil? me preguntó con fingido interés. La miré de manera fulminante, a sabiendas que todo era inútil. Me jaló de un brazo y me llevó a la barra del bar.
-Mi amor, no te preocupes. Es sólo un móvil. En esta vida a veces se gana y a veces se pierde… y me dio un beso en la mejilla. Mientras me alejaba, me acarició la cara y me dijo:
-Regresa pronto mi amor…

6. De espaldas al mar.
Después de estar en el antro aquel, caminamos unos metros, a la confluencia de Infanta y 23, frente al malecón. Aquello parecía una feria, repleta de gente. La mayor parte eran hombres homosexuales, algunos maquillados o con el pelo teñido de colores. Nuestras anfitrionas nos comentaron que ese era el sitio donde se reunían los homosexuales varones para ligar u ofrecer sus servicios a los turistas. Nos dijeron que por ahí cerca se alquilaban habitaciones por hora. 
-Aquí se puede conseguir lo que sea… chico o chica, de la edad que quieran…
Nos acercamos al malecón para seguir conversando. Había muchas personas haciendo lo mismo. La gente que no tiene dinero para ir a un bar, compra una botella y ahí se la toman. Había algunos músicos ambulantes, ancianos vendiendo maní, personas en la más profunda pobreza. Vi a una mujer andrajosa, descalza, visiblemente afectada de sus facultades mentales, que deambulaba llevando un cachorro en los brazos. Un anciano le gritaba a unos jóvenes:
-Sí, estoy borracho y hace dos días que no como… Se levantaba la camiseta y mostraba el vientre hundido.

Nuestros amigos nos contaron que los sueldos son bajísimos: los técnicos del teatro ganan el equivalente a 10 dólares… al mes. Sí: por mes. La directora de la compañía, por su puesto directivo, es privilegiada: gana el equivalente a 30 dólares mensuales. Pero la paga es en pesos cubanos y para comprar cualquier cosa que se necesite, que no esté en la libreta de racionamiento (o sea, casi todo), se tiene que pagar con CUC. Las viandas que cubre la libreta son ridículamente escasas: media taza de aceite, un trozo de pollo de dudosa calidad, medio kilo de arroz y otras cosas… también una vez al mes. Preguntamos que porque se come tan poco pescado, puesto que la isla está rodeada de mar. Nos dijeron que la pesca sólo la puede hacer la flota pesquera, que si alguien se sube a una lancha para salir a pescar por las orillas, es apresado “por tratar de emigrar ilegalmente”. Sólo se puede pescar con linea y anzuelo desde el malecón. Pero puede ser riesgoso comerse lo que se pesca, tomando en cuenta que todo el desagüe de la ciudad se descarga en el mar. 

7. La Revolución desteñida.
¿Cómo puede sobrevivir la gente? Los médicos reciben sueldos similares de 20 o 30 dólares mensuales, así que aceptan el pago en especie o el trueque de servicios. Todos buscan la manera de ganarse unos cuántos CUCs. El ingreso principal de la isla son las remesas de los cubanos en el exterior. Los que tienen familiares que mandan dinero, pues se las arreglan. ¿Y los que no? Ví a ancianos vendiendo bolsas de plástico sentados en la banqueta. Una flautista que tocaba en el lobby del hotel Ambos Mundos se ofreció dejar momentáneamente su trabajo para llevarnos a un restaurante supuestamente recomendable. Uno de nosotros fue estafado al comprar una caja de puros falsificados, con el cuento de que si compraban algo en la tienda a la que lo llevó un supuesto matrimonio joven, les daban comisión en forma de arroz, frijoles y café. Los puros, en una caja con una etiqueta desteñida, no solamente eran falsos, sino que los pagó al doble de lo que le hubieran costado unos originales. 
Vi letreros de gente que vende su casa. Comienza a haber acaparamiento inmobiliario por parte de extranjeros que compran edificios ruinosos a precios bajísimos o de cubanos que se han sabido acomodar y que hacen negocio al alquilar cuartos o departamentos a turistas. Los militares, nos contaron, son los privilegiados ahora. Fue una conversación amarga, sin esperanza alguna…


Al día siguiente vi retratos del Che pintados en los muros. Las frases aquellas me parecieron huecas. ¿Que principios revolucionarios se pueden mantener cuando para sobrevivir se tiene que hacer cualquier cosa a cambio de CUCs? ¿Que lealtad puede haber a un movimiento o a una patria que niega cosas elementales, sobre todo cuando se ve que los burócratas de alto nivel y los militares son los únicos que no parecen padecer estrecheces? ¿Hay culpables o es la naturaleza humana? ¿Es culpa del bloqueo o de los hermanos Castro Ruz? ¿Puedo culpar a los estafadores que venden puros falsificados? ¿A la mujer que roba celulares a turistas despistados? Esa noche, no sólo perdí mi teléfono. Algo, dentro de mí, algo que atesoré por muchos años, también se perdió…