martes, 1 de marzo de 2016

Cuba: de teléfonos y revoluciones.


1. El faro del idealismo
La primera vez que fui a Cuba fue en 1984. En ese entonces yo era estudiante en la Escuela de Música, había pasado por la Facultad de Filosofía y Letras y estaba por ingresar a la UAM. La Guerra Fría estaba en su apogeo, varios países latinoamericanos padecían dictaduras militares y tenía amigos exiliados de esos mismos países. Cuba era un referente para los que pensábamos que un mundo más justo era posible. Oía música cubana y me sabía varias canciones de Silvio Rodríguez  y Pablo Milanés, máximos representantes de la Nueva Trova Cubana. El viaje era para corroborar que aquel sistema estaba más cerca de ese mundo ideal. Y efectivamente, yo creí que lo estaba: tenía grandes aciertos como un sistema de salud pública eficiente, educación desde preescolar hasta universidad completamente gratuita, una libreta de racionamiento que aseguraba que cada cubano recibiera una despensa modesta pero suficiente, un sistema en el que los artistas tenían asegurado un sueldo decente. La vivienda era austera pero nadie vivía en la calle; los alquileres no podían sobrepasar el 10% del total de ingresos. El ideario del Ché estaba escrito en los muros. La Habana tenía el encanto de ser una ciudad esplendorosa con algunos problemas por la pintura descascarada.

Los cuestionamientos de los críticos de la Revolución me parecían ridículos: los cubanos no podían comprar jeans ni objetos suntuarios que se vendían en dólares en las tiendas para turistas. En ese viaje cerré los ojos a la manera temerosa en la que los cubanos bajaban la voz para hacer algún comentario crítico. Era cierto: había un control político férreo, policiaco, pero a cambio de muchos beneficios. Seguí siendo un entusiasta defensor de la Revolución y compraba los discos de Silvio y Pablo apenas salían.

2. Aferrado a un sueño.
Mi segundo viaje (o más bien serie de viajes) ocurrieron 10 años después. El Muro de Berlín había caído, la Unión Soviética se había desintegrado y los gobiernos del bloque socialista iban cayendo uno a uno. Como la URSS era el principal comprador y sostén de la economía cubana, se había iniciado lo que llamaron oficialmente el “Periodo Especial”, una época de incontables carencias. Comprar cosas tan simples como una barra de jabón o unas piezas de pan podía ser una verdadera complicación. No había gasolina para los autos, pero se podía comprar alguna en el mercado negro. Había tráfico ilegal de las cosas más cotidianas. Había restaurantes clandestinos, llamados “paladares”, que funcionaban en casas cerradas. La corrupción campeaba en cada esquina. La ciudad estaba obscura, había un sistema de cortes de electricidad de tal manera que sólo había durante pocas horas al día. Durante varias semanas viví en carne propia lo que era vivir en una economía devastada. Admiré la heroicidad del pueblo cubano para aguantar todas esas carencias. Pero seguía creyendo que lo mejor era lo que decía Pablo en sus canciones: “Yo me quedo, con todas esas cosas, pequeñas, silenciosas…” y “Creo en ti, lleno de contradicciones, presto a soluciones…” Hacía poco que había pasado aquel  incidente en donde cuatro altos militares, excombatientes revolucionarios en misión de solidaridad con Angola en su guerra contra Sudáfrica habían sido fusilados al descubrirse que estaba involucrados en el tráfico de drogas, marfil y diamantes. Se estaba luchando contra esa corrupción -pensaba- y toda la culpa la tenía el bloqueo norteamericano.

3. Las grietas.
Durante los veinte años que pasaron hasta mi siguiente viaje, el mito de la Cuba revolucionaria, socialista e igualitaria se fue desdibujando, destiñiéndose lentamente. Supe de las contradicciones entre el socialismo utópico y el socialismo real. Supe de los cambios, lentos e insuficientes, que parecían querer aminorar ese lento pero continuo deterioro en la calidad de vida de los cubanos. Pero sabía que el sistema de salud y el educativo seguían siendo los mejores de Latinoamérica y el mundo. Que sus artistas, al tener un sueldo fijo, podían dedicarse de lleno a su trabajo. Supuse que había carencias, pero que el Periodo Especial ya había pasado y que las cosas tendían a mejorar, más aun con el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos.

4. Una realidad que golpea directo a la cara.
Hace unos días me reencontré con una Habana llena de contrastes: las áreas turísticas remozadas, negocios particulares como restaurantes y salones de belleza que parecen florecer. Pero en otras partes encontré más ruinas: edificios que alguna vez fueron esplendorosos, cayéndose a pedazos. Hay partes de la ciudad, céntricas, pero un poco hacia el interior de las grandes avenidas, que parecen los escenarios de esas películas apocalípticas donde la humanidad ha desaparecido y las ciudades se van cubriendo lentamente de vegetación. La diferencia es que aquí sí hay gente, y esos edificios derruidos sí están habitados. Dos sistemas monetarios funcionan de manera paralela: los pesos cubanos y los CUC (nunca pude averiguar el significado de las siglas; se que alguna de esas “C” se refiere a “convertible”), con una paridad de 25 pesos cubanos por cada CUC; a su vez, un CUC vale aproximadamente un dólar. En las tiendas -todas. ya no hay tiendas exclusivas para turistas- se puede pagar en ambas monedas, pero se da preferencia a los CUC: para tomar uno de los famosos helados Coppelia, puede uno pasar directamente a comprarlo pagando con CUCs… o hacer una fila interminable si se quiere pagar con pesos cubanos.

5. El celular perdido.
Hicimos nuestras funciones de “Baños Roma” en un teatro que es sede de una compañía teatral, “El Ciervo Encantado”. Nuestro trabajo fue bien recibido y, al terminar la última función nuestras amables anfitrionas nos sugirieron ir a “Las Vegas”, un antro que nos describieron ellas mismas como “decadente, con un show de travestis de lo más bajo y un cuerpo de baile más bajo todavía”. Querían mostrarnos “los bajos fondos” de La Habana. El interés fiestero y el antropológico se mezclaron y acudimos entusiasmados a dicho lupanar. La entrada costaba 3 CUC y nos dijeron que estaba prohibido tomar fotos y video. Entramos a un lugar estrecho, atestado por un público conformado mayoritariamente por parejas de hombres homosexuales. La mesa que ocupamos estaba muy atrás y desde ahí no se podía ver el escenario, así que en cuanto empezó el show, nos levantamos para poder ver. Yo me ubiqué estratégicamente detrás de una columna, de tal modo que inclinándome por un lado, podía ver casi la mitad de la pista de baile. El espectáculo principal estaba a cargo de Margot, un travesti que contaba chistes y simulaba cantar canciones conocidas con una pista sonora. Se alternaba con otro travesti que solo “cantaba”. De cuando en cuando, gente del público se levantaba a poner billetes en el escote de las artistas, a pesar de que una de ellas llevaba un vestido de cuello alto, muy ajustado, pero sin escote, así que los billetes se los ponían directamente en el cuello. También hubieron algunos números de baile ejecutados por un grupo de tres hombres y tres mujeres, nada inolvidable, pero tampoco tan malo como para dar de qué hablar. Lo que me sorprendió es que pudieran bailar en un sitio tan estrecho.

Mirando el show, recargado detrás de la columna, de pronto sentí una mano que palpaba mi trasero. Sorprendido, me encontré con una mujer de lentes, no muy atractiva, que me preguntó gritando: 
-¿Tú eres gay?-. La miré extrañado y le dije que no. Luego se dirigió a Nacho, otro integrante de nuestro grupo y le preguntó lo mismo. Luego volvió conmigo: 
-¿Y entonces que haces aquí?-. Sólo me encogí de hombros. Como la música estaba sonando, para hablarme se acercaba mucho y trataba de acercarme los senos. Como vio que yo la miraba más bien asombrado, me dijo: 
-Discúlpame por preguntarte que si eras gay, espero no haberte ofendido. 
-No hay problema- le dije. Se dirigió nuevamente a Nacho: 
-¿Eres gay?-. En ese momento hice el gesto habitual para verificar que mi teléfono celular estuviera en el estuche con cierre de velcro que llevo en la cintura y lo encontré vacío. Como segundos antes había sentido que allí estaba, supe que esta mujer me lo había sacado, aprovechando sus toqueteos. De inmediato me dirigí a ella con voz fuerte:
 -¡Oye corazón, devuélveme mi celular! Aquí lo tenía y tú eres la única que se me ha acercado…
-¿Tu qué? ¿Tu móvil? No, mi vida, yo no tengo nada… y me mostró las manos vacías. No llevaba ninguna bolsa y su ropa era muy estrecha para esconder algo. Pero conozco como trabajan los carteristas, que pasan de inmediato lo robado a otra persona cercana.
-Sí fuiste tú, dame mi celular- dije cada vez más enojado y alzando la voz más fuerte.
-Que no, mi amor, yo no lo tengo. Hay que tener cuidado, aquí andan robando… Esto último lo gritó, como advirtiéndole al resto de la gente. 
-Hace un rato a un chico le llevaron la cartera con su dinero…¿Dónde tienes el dinero? ¿En el bolsillo? No, tenlo en la mano para que no te roben…
En eso, no se de dónde, aparecieron dos Drag Queens de dos metros de altura. No es exageración: ambas medían dos metros y tenían como 60 centímetros de pestañas. Llevaban vestidos repletos de lentejuelas.
-Mira, son mis amigas…que a este chico le acaban de llevar el móvil, se lo han sacao…
Los gigantes -o gigantas-  me saludaron y movieron la cabeza con desaprobación pero mirándome fijamente. Supe que, por mi seguridad, no debía hacer más lío… Enojado, salí con Nacho y Marina a acompañarlos a fumar un cigarro. Estaba furioso de impotencia. Después de un rato, regresé para reunirme con el grupo que ya planeaba la salida de ese lugar. La mujer de lentes se me volvió a acercar y yo instintivamente puse las manos en los bolsillos.
-¿Encontraste tu móvil? me preguntó con fingido interés. La miré de manera fulminante, a sabiendas que todo era inútil. Me jaló de un brazo y me llevó a la barra del bar.
-Mi amor, no te preocupes. Es sólo un móvil. En esta vida a veces se gana y a veces se pierde… y me dio un beso en la mejilla. Mientras me alejaba, me acarició la cara y me dijo:
-Regresa pronto mi amor…

6. De espaldas al mar.
Después de estar en el antro aquel, caminamos unos metros, a la confluencia de Infanta y 23, frente al malecón. Aquello parecía una feria, repleta de gente. La mayor parte eran hombres homosexuales, algunos maquillados o con el pelo teñido de colores. Nuestras anfitrionas nos comentaron que ese era el sitio donde se reunían los homosexuales varones para ligar u ofrecer sus servicios a los turistas. Nos dijeron que por ahí cerca se alquilaban habitaciones por hora. 
-Aquí se puede conseguir lo que sea… chico o chica, de la edad que quieran…
Nos acercamos al malecón para seguir conversando. Había muchas personas haciendo lo mismo. La gente que no tiene dinero para ir a un bar, compra una botella y ahí se la toman. Había algunos músicos ambulantes, ancianos vendiendo maní, personas en la más profunda pobreza. Vi a una mujer andrajosa, descalza, visiblemente afectada de sus facultades mentales, que deambulaba llevando un cachorro en los brazos. Un anciano le gritaba a unos jóvenes:
-Sí, estoy borracho y hace dos días que no como… Se levantaba la camiseta y mostraba el vientre hundido.

Nuestros amigos nos contaron que los sueldos son bajísimos: los técnicos del teatro ganan el equivalente a 10 dólares… al mes. Sí: por mes. La directora de la compañía, por su puesto directivo, es privilegiada: gana el equivalente a 30 dólares mensuales. Pero la paga es en pesos cubanos y para comprar cualquier cosa que se necesite, que no esté en la libreta de racionamiento (o sea, casi todo), se tiene que pagar con CUC. Las viandas que cubre la libreta son ridículamente escasas: media taza de aceite, un trozo de pollo de dudosa calidad, medio kilo de arroz y otras cosas… también una vez al mes. Preguntamos que porque se come tan poco pescado, puesto que la isla está rodeada de mar. Nos dijeron que la pesca sólo la puede hacer la flota pesquera, que si alguien se sube a una lancha para salir a pescar por las orillas, es apresado “por tratar de emigrar ilegalmente”. Sólo se puede pescar con linea y anzuelo desde el malecón. Pero puede ser riesgoso comerse lo que se pesca, tomando en cuenta que todo el desagüe de la ciudad se descarga en el mar. 

7. La Revolución desteñida.
¿Cómo puede sobrevivir la gente? Los médicos reciben sueldos similares de 20 o 30 dólares mensuales, así que aceptan el pago en especie o el trueque de servicios. Todos buscan la manera de ganarse unos cuántos CUCs. El ingreso principal de la isla son las remesas de los cubanos en el exterior. Los que tienen familiares que mandan dinero, pues se las arreglan. ¿Y los que no? Ví a ancianos vendiendo bolsas de plástico sentados en la banqueta. Una flautista que tocaba en el lobby del hotel Ambos Mundos se ofreció dejar momentáneamente su trabajo para llevarnos a un restaurante supuestamente recomendable. Uno de nosotros fue estafado al comprar una caja de puros falsificados, con el cuento de que si compraban algo en la tienda a la que lo llevó un supuesto matrimonio joven, les daban comisión en forma de arroz, frijoles y café. Los puros, en una caja con una etiqueta desteñida, no solamente eran falsos, sino que los pagó al doble de lo que le hubieran costado unos originales. 
Vi letreros de gente que vende su casa. Comienza a haber acaparamiento inmobiliario por parte de extranjeros que compran edificios ruinosos a precios bajísimos o de cubanos que se han sabido acomodar y que hacen negocio al alquilar cuartos o departamentos a turistas. Los militares, nos contaron, son los privilegiados ahora. Fue una conversación amarga, sin esperanza alguna…


Al día siguiente vi retratos del Che pintados en los muros. Las frases aquellas me parecieron huecas. ¿Que principios revolucionarios se pueden mantener cuando para sobrevivir se tiene que hacer cualquier cosa a cambio de CUCs? ¿Que lealtad puede haber a un movimiento o a una patria que niega cosas elementales, sobre todo cuando se ve que los burócratas de alto nivel y los militares son los únicos que no parecen padecer estrecheces? ¿Hay culpables o es la naturaleza humana? ¿Es culpa del bloqueo o de los hermanos Castro Ruz? ¿Puedo culpar a los estafadores que venden puros falsificados? ¿A la mujer que roba celulares a turistas despistados? Esa noche, no sólo perdí mi teléfono. Algo, dentro de mí, algo que atesoré por muchos años, también se perdió…

martes, 16 de febrero de 2016

De tamales y adicciones...


Mi secreto.
Toda vida guarda algún secreto, y la mía no es la excepción. Juntos, en una danza cósmica, mis vicios y mis virtudes se revuelven, dan vueltas y se dominan sucesivamente. Así, en estos giros que me pueden hacer caer desde las alturas de los sentimientos más nobles y espirituales  hasta  la profundidad de los deseos más oscuros y carnales, mi vida se desenvuelve, sube y baja, se ilumina y oscurece una y otra vez. Y es por eso, reconociendo ese lado que no por estar en las tinieblas es menos real y poderoso, que debo hacer una confesión, haciendo frente con valentía a las consecuencias que pueda traerme. A mí, señoras y señores, honorables miembros del jurado, a mí… me gustan los tamales.

Tal vez dicho así, con disimulo y a la ligera, no se alcance a comprender lo tremendo de lo que acabo de decir. Después de todo, los tamales son parte de nuestra gastronomía, parte de nuestra cultura culinaria. ¿Quién no ha visto, por las mañanas o en la noche, esa familiar imagen de una señora sentada con un gran bote frente a ella, debajo del cual arde un brasero con carbón? Esos humeantes manjares, esos vapores que se elevan,  forman parte indisoluble de nuestra identidad nacional. ¿Que hay de malo entonces en que yo forme parte de ese movimiento cultural, de esos alegres comedores de maíz nixtamalizado y cocido al vapor, envuelto en hojas del propio maíz o en las de otra planta como el plátano?

Se los diré, puesto que he llegado al punto sin retorno de mi confesión. De nada sirve seguirlo ocultando, ni a mí mismo ni a nadie. Ya es hora que el mundo lo sepa: a mí me gustan… sólo los tamales de dulce. Sí, esos tiernos  molotes de masa de un color rosa chillante. Es verdad que también los hay amarillos, pero no son tan comunes… Sí, debo decirlo: a mi me gustan los tamales de dulce. ¡Que alivio siento al decirlo abiertamente! Hay algo en ellos, su textura, su esponjosidad, ese lúbrico color rosa. Encuentro un extraño placer, casi diría erótico o mejor dicho, lascivo y concupiscente, en apartar cuidadosamente las hojas humeantes y encontrar esa suave masa rosada, que con su aroma de guayaba o vainilla me transporta a las profundidades de la selva tropical, cargada de quién sabe que exóticos peligros y placeres… Sí, me apasiona abrir las hojas para descubrir ese manjar y desprender los pedacitos que se les quedan adheridos, una suerte de “pilón”, de regalo inesperado, una suerte de “bonus track” con que la vida nos obsequia; quitar las hojas y desecharlas como una prenda inútil para detener los embates de la pasión…

Mi vergüenza
Pero no crean que ha sido fácil sobrellevar esta íntima adicción, este vicio innombrable. Hay un estigma, una tácita acusación, algo vergonzoso y vergonzante en contra de los que, como yo, tenemos esta suerte de perversa atracción. Antes no me daba cuenta, no. En mis días de universitario me acercaba, inocente y despreocupado, al puesto de tamales, gozando del desparpajo de la juventud, dispuesto a proporcionar a mi cerebro y al resto de mi cuerpo la glucosa necesaria para un correcto funcionamiento que asegurara mi pleno aprendizaje. Pedía yo entonces una torta de tamal, lubricado con un atole champurrado y no me daba cuenta que algo ocurría en mi entorno. Los años me fueron dando esa sensibilidad precisa, esa malicia con la que ahora puedo captar las miradas furtivas, los silencios incómodos. Ahora casi puedo escuchar los pensamientos de reprobación del resto de los comensales que se agolpan en torno a la humeante olla, como si vieran en mí a un peligroso pederasta.

Por lo mismo, me he hecho cauto y, antes de llegar y pedir a quemarropa mi torta de tamal, astutamente me acerco, husmeo un poco en silencio y finjo estar interesado en los chilaquiles con salsa verde que a menudo venden en las cercanías de esos comedores mañaneros. Y así, como que no quiere la cosa, evitando hacer contacto visual, lanzo al aire la pregunta: 
-“Buenas… -siempre es correcto saludar- ¿de qué tiene tamales señito?” -El cariñoso “señito” es parte de una estrategia de persuasión. 
Se crea una expectativa, varios comensales ponen atención a la respuesta, se hace una pausa en su ritmo de deglución. La señora, con disimulo toma un abanico de paja, lo sacude varias veces frente al anafre y contesta vagamente: 
-“Hay verdes, hay de mole, hay de rajas…” Y entonces hace una pausa misteriosa. Por la entonación sabemos que su respuesta no ha concluido. Pero no dice nada, sólo deja abierta su respuesta, como esperando algo… Tembloroso por la excitación, pero sin dejar la cautela, me atrevo a decir en voz baja, casi imperceptiblemente aunque suplicante: -“¿De dulce?”. 
La señora me lanza una mirada de complicidad, casi un atisbo y completa su respuesta: -“Sí, de dulce también”. 
Aliviado, aunque exaltado, de manera atrevida digo: 
-“Déme un tamal de dulce en torta y un atole… ¿de qué tiene?” Digo todo rápidamente, tratando de desviar la atención. 
-“Hay champurrado y de arroz”. 
-“Champurrado” respondo, con firmeza y resolución. Pero ya muchos se dieron cuenta de lo que he pedido. Además, la señora, sin ningún pudor, saca el tamal del bote, lo toma de las hojas y lo sacude, y el pobre tamalito rosa solo atina a dar la vuelta para caer desnudo, casi violado, sobre un bolillo abierto que lo espera. 
-“¿Para llevar  o para comer?”-
-“Bueno, me lo quiero llevar para comérmelo…

A la señora no le hace gracia mi chiste y me entrega, casi con asco, la torta de tamal de dulce y el vaso de unicel con el atole champurrado. Yo me alejo un poco, tratando de ocultar ese delator color rosa que hace que parezca que el bolillo saca una obscena lengua. La gente me mira y por un segundo, sólo por un segundo, siento su desaprobación, su desagrado. Me lanzan de reojo su desprecio y vuelven a su tamal de mole o de rajas, a su tamal picante, decente, sin mariconerías. Es como si vieran a un tremendo vikingo, enorme y peludo, comerse un cupcake de fresa, como si el mismo Atila se comiera delicadamente una cereza. Todavía, para rematar, toman un chile jalapeño y lo muerden frente a mí, como queriéndome dar un escarmiento.

Pero en muchas ocasiones, con demasiada frecuencia, cuando por fin me atrevo a preguntar por los tamales de dulce, la señora en turno, sin ocultar cierto placer me dice: -“Híjole joven, no. Ya se me terminaron. Ya sólo me quedan verdes”. Y sonríe con la satisfacción de haber castigado a un pervertido. 

El misterio
¿Por qué? -me pregunto- ¿por qué siempre hay tamales verdes? Nunca en mi vida he encontrado a la tamalera que diga: 
-“Híjole no, ya solo me quedan de dulce”. Nunca. ¿Por qué pasa esto? ¿Acaso los que padecemos esta adicción somos muchos más de lo que creemos? ¿Somos acaso una legión de comedores del tamal-que-no-se-atreve-a-decir-su-nombre y, desde tempranas horas arrasamos con todas las existencias? ¿Existe una conspiración internacional en la que están envueltas todas las tamaleras, unidas en una logia secreta similar a la de los Illuminati o los Reptilianos? ¿Acaso son las tamaleras parte de los Illuminati y tratan, mediante la atroz limitación de los tamales de dulce, implantar un Nuevo Orden Mundial?
¿Hay superabundancia de tamales verdes? ¿Hay especuladores que tratan de subir el precio de los tamales de dulce ocultándolos artificialmente? ¿Esta Rockefeller detrás de esta conspiración? Podría ser: verdes los tamales, verdes los dólares…

La metodología científica aplicada al misterio del tamal
Pero siendo racional y escéptico de todas estas teorías conspiracionistas, siendo un defensor a ultranza del pensamiento crítico y científico, prefiero buscar la explicación a éste y otros fenómenos misteriosos -que ya trataré en otro ensayo similar- en la mismísima ciencia. Es por ello que he pergeñado una hipótesis, basada rigurosamente en la aplicación cuidadosa del método científico, para explicar este misterioso fenómeno, este doblez de la realidad. ¿Por qué en el planeta tierra hay tan pocos tamales de dulce y en cambio existe un superávit de tamales verdes? ¿Que pasa con los tamales rojos, los de rajas y aquellos exóticos tamales de jitomate? Trataré de ser claro y no caer en demasiados tecnicismos, aunque emplearé una metodología rigurosa:

Planteamiento del problema. De manera estadísticamente significativa, una tamalada (el conjunto de tamales preparados simultáneamente en el mismo bote) compuesta por tamales de cada uno de los sabores socialmente aceptados en proporción similar: verdes, de mole (también denominados “rojos”), de rajas y de dulce, terminará con una escasez más acentuada o su agotamiento definitivo en los denominados “de dulce”, mientras que habrá una relativa abundancia de los denominados “verdes”. Los llamados “rojos” y “de rajas”, presentarán el comportamiento típico, sin variaciones sobre la norma. El comportamiento de la proporción entre tamales verdes y de dulce es muy inusual y aparentemente viola varias leyes de la física newtoniana  y las matemáticas euclidianas.

Delimitación del problema. Aunque existe una gran variedad de tamales, correspondientes a distintas regiones del país, como los tamales de frijol, los de elote tierno o los de hoja de plátano, sin dejar de mencionar el gigantesco tamal huasteco o “zacahuil”, este estudio se limita únicamente a los tamales de hoja de maíz que tradicionalmente se preparan en cuatro variedades: verdes, rojos, de rajas y de dulce. Aunque a veces aparece una quinta variedad, los denominados tamales de jitomate, por no ser consistente su aparición en las tamaladas normales del centro del país, tampoco serán tomados en cuenta.

Marco Teórico. La física atómica actual ha demostrado que la transmutación de la materia, o sea la conversión de una sustancia o elemento en otro diferente -el viejo sueño de los alquimistas-, es posible dadas ciertas circunstancias especiales en la que los átomos de determinado elemento puedan ganar o perder electrones. La física cuántica y la llamada Teoría de las Cuerdas, explican que, en presencia de las ondas biomagnéticas generadas por los procesos neuronales, este proceso puede ser acelerado, lo que, indudablemente se relaciona con la teoría de la materia obscura, la fusión en frío de  Pons y Fleischmann y la teoría de los campos mórficos del Dr. Rupert Scheldrake.

Hipótesis. Puesto que en una tamalada se introduce una cantidad limitada y constante de masa de nixtamal acompañada con los ingredientes propios de cada una de las cuatro variedades de tamal que contempla este estudio, es de suponer que, al reducirse dramáticamente el número de tamales de dulce hasta llegar a su agotamiento y al aumentar el número de tamales verdes, la única solución plausible, que no viole las leyes fundamentales de la termodinámica, es que mediante un proceso hasta ahora desconocido, pero que podría ser explicado por alguna de las teorías expuestas en el marco teórico, los tamales de dulce se transmutan en tamales verdes, dadas ciertas condiciones del espacio-tiempo. 
Este proceso podría ser modificado (acelerándolo o haciéndolo más lento) por la acción enzimática de los procesos neuronales conocidos vulgarmente como “pensamientos”. Este proceso enzimático-neuronal podría explicar el conocido fenómeno de los tamales pintos, en el que, si en el momento de estarse preparando una tamalada, dos personas se enfrascan en una discusión o desacuerdo, la cocción de la masa se interrumpe y deja de ser homogénea. La solución dada por la sabiduría popular, acerca de que cuando esto ocurra hay golpear repetidamente al bote con un trapo mientras se le insulta de manera muy sentida y emocional, cuadra perfectamente con las teorías del Dr. Matsuru Emato expuestas en su obra “Los secretos ocultos del agua”. Sin embargo, este fenómeno de la flagelación emotivo-textil como solución al problema de los tamales pintos, es tema de una investigación que por el momento queda fuera de los alcances de este trabajo.

Conclusiones. La única conclusión a la que se puede llegar ahora, es que son necesarios más experimentos y mayores investigaciones. El fenómeno ha sido localizado y descrito, y se han aventurado algunas hipótesis, pero quedan muchos asuntos por resolver: ¿por qué ocurre este fenómeno? Si los procesos neuronales lo desencadenan ¿acaso el conservadurismo del resto de los comensales, que ve amenazado el status quo por el consumo indiscriminado de tamales de dulce, acelera con sus pensamientos el proceso para que desaparezca el motivo de la transgresión? ¿Por que los tamales de dulce se convierten siempre en verdes? ¿Por qué no en rojos o de rajas? Al parecer, estos también sufren el mismo proceso pero solamente cuando ya no hay tamales de dulce por transmutar, de tal modo que, dadas las condiciones adecuadas, todos los tamales de un bote se harán verdes tarde o temprano.

Por el derecho a la diversidad en la elección del tamal
La pregunta está en el aire, la investigación está iniciada, pero Conacyt no ha dado muestras de interés. La Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad no se ha pronunciado al respecto, aunque al parecer ya está al tanto y prepara un manifiesto. ¿Hay acaso motivaciones políticas que han impedido que fluyan fondos del SNI para esta investigación? ¿Está Monsanto detrás de este asunto? ¿Son los tamales de maíz transgénico más susceptibles a sufrir esta transmutación? ¿Acaso la comunidad científica inserta a final de cuentas en una sociedad capitalista, machista y patriarcal, ve con malos ojos el libre consumo de tamales de dulce, o sea tamales rosas,  o sea símbolos de lo que consideran  libertinaje sexual? Tal vez. Pero yo sueño con un mundo utópico, en el que nadie sea despreciado o discriminado por sus preferencias culinarias. Sueño con el día en que cualquier hombre o mujer, adulto o niño, pueda pedir, sin ser juzgado, una torta de tamal de dulce y que pueda unir sus manos con la de sus hermanos que comen tamales verdes y rojos y de rajas, y que convivan en paz y fraternidad. Como dijo el gran Lennon: “…puedes decir que soy un soñador, pero yo no soy el único. Espero que un día tú te nos unas y el mundo entonces será Uno…”